Amores que matan, nunca mueren.


    • Estaba en frente de la puerta en la que mis recuerdos se habían forjado. Tú estabas ahí también, todos tus recuerdos y las palabras amables. Jamás habría pensado que una vez cuando te perdiera la vida me daría tan igual, jamás supe que te necesitaría tanto cuando me encontrara perdido entre mares de sentimientos y dudas. Siempre esa sensación de amarte tanto fue solo algo en lo que me resguardé para no darme cuenta de que la verdadera verdad estaba allí justo, junto a esos orbes que yo amaba tanto, junto a los miles de pensamientos que elocuentes despedían tus preciosos dedos largos y finos.

      Una vez, no hace mucho fue que me dijiste que echabas de menos el sonido del fa menor y aquel dedo índice estallar contra la escala más fina situada en medio de aquellas teclas de marfil. Aprendí aquella melodía para que en tus noches más solitarias, cuando yo ya no estuviera pudieras recordar y abrigarte con ella. ¿Después qué? Nada, después solo estaba el vacío y el frío, la sensación de ya no tenerme contigo, de no escuchar mi voz, de ya no sentir mi abrigo. El amor se deshizo, ¿Sabes? Cuán ferviente fue aquella sensación para mi, el miedo que sentí cuando ya no pude tenerte entre mis brazos, el desdén del mundo ante mi decepción, la longevidad de mis palabras, del no perdón.

      Aquel diez de Marzo, junto a la estación de trenes. Nevaba, con muchas ganas de hecho, el mundo se paraba solo para nosotros. Mis ojos no dejaban de buscar los tuyos, pero no querían ser encontrados, solo querían ver lo que estaba prohibido, así justo, como un niño. Los tuyos esperaban la caída de ese ángel, el que no viste jamás caer, el que nunca se dejó ver. Aún recuerdo aquella pasión con la que escuchabas las piezas de tu compositor favorito, como te ponías firme y eufórico al escucharlas. Mis ojos se llenaban de lágrimas, eran egoístas y solo se guiaban por simples palabras, si supieras lo que pensaba...

      "Me gustaría que también me miraras a mi con esos mismos orbes, con los que pareces estar tan feliz y enamorado" Si solo me vieras, si me sintieras de la misma forma en la que lo hacías con aquella hermosa música. Llegué a hacer miles de cosas por ti, a aprender a tocar el cielo con mis manos un segundo y quemarmelas en el infierno al siguiente. Todo lo que quedó después de ti fueron recuerdos que buscaron un hogar entre los más añorados y se situaron ahí por toda una vida.

      No te echaré la culpa por los vicios y malas costumbres que dejaste en mi, por levantarme cada mañana buscando ver aquellas pupilas entrecerradas, por hacerme buscarte cada noche alargando mis dedos por la almohada. Te culparé por sentirme tan solo, porque ese hecho no te importe, porque me has dejado como si nada, por tumbarte en mi cama, por sonreírme desde el primer momento; Por amarme.

      ¿Por qué me quisiste? Porque hiciste como si nada; postrándote como una bella dama, arrebatándome todo lo que yo más atesoraba, quitándome la armadura de cobarde, partiendo en mil mi burbuja de agua... Te odio ¿Sabes? Te odiaba. A ti, sí... Por arrancarme el alma, Por llevártela tan lejos que incluso en mis noches más lejanas no podía encontrarla. Te fuiste, dejaste todo tan quebrado...Incluso ahora aún no puedo culparte por todo. Dime, tan solo una palabra.

      ¿Por qué me amabas? Porque parece como si no importara, como si estos sentimientos ya no fueran nada. Solo estoy yo ahora, parado, cansado, insólitamente abandonado. Te añoro tanto que esto me mata, quiero besarte mil veces, gritar otras cuantas más, sentir tus brazos sobre mi espalda. ¡Háblame, dime algo! Tan siquiera una palabra. ¿No te importa? Quiero decir, ¿Ya no me buscas más? Te han cansado mis hadas...¿No es así?.

      Te quise tantas veces mío, grité miles de veces tu nombre, ¡Te balanceaste entre mis ramas! Pero a ti...A ti no te importaba nada. Jugaste con mi alma, me miraste con mala cara incluso pero después de todo, no te importaba nada.  ¿Amor? Nunca quise ceñirme a aquella palabra. El mundo le había dado tantos nombre en tantos idiomas diferentes y aún así nadie sabía aún de qué se trataba. ¿Era aquella extraña sensación en el pecho? Porque se sentían como un enjambra de abejas, como si los nervios te comieran y solo querías sentir que el mundo se marchaba.

      Fuiste mi rival, mi amigo, el mejor y te colaste buscando algo más, robaste mi corazón y fuiste mi confidente y cuando por fin aquel sentimiento desbordó, bañaste de dudas mi corazón y entonces, fuiste mi todo. Aquel por el que yo más lloraba, al que a la misma vez yo ya no podía contar nada pues una simple palabra bastaba para arrebatarme el último pedazo de mi alma. ¿Qué hiciste conmigo? Me lo pregunto incluso ahora, estaba a tu merced, era como un simple papelillo. ¿Me amas? ¿De verdad? Entonces te diré... ¿A cuántos más con las mismas ganas? Me buscas, y no quieres encontrar nada, te susurraré una verdad de la forma más delicada. ¿Quieres saberla? Porque si te comprometes a decir que sí entonces no me quedará otra, ¿De veras? Pero es lo único que me queda...¿Entonces estás seguro? Ahora que sabes todo de mi, no vas a querer nada más y eso me asusta. Me has dejado desnudo, ahora no puedo esconderme de esos ojos, tu mirada me mata.

      ¿Me amabas? No lo creo, el único que siempre quiso y que jamás tuvo nada está guardando espacio a aquella sombra negra.

      ¿Recuerdas? El número diez del tercer mes. Aquel número par que tanto amabas, donde nuestras miradas nunca se encontraban. Dime, ¿Lo has encontrado? Aquel Ángel blanco... Ya veo ¿Lo amas? Entonces mi corazón fingirá calma.

      Porque...
      Siento que si ahora yo te espero voy a acabar con aquel sentimiento.
      Que el único que siempre quiso esto, fue aquel recuerdo.
      Perdóname.
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Memorias.


    • Aun llueve afuera y Alfred observa por la ventana con una sonrisa. Se siente libre. Se siente fuerte. Se siente… solo.La lluvia no se detiene y no hay nadie en la casa con quien celebrar. No hay panecillos quemados, ni tés amargos. No hay sonrisas ni cálidos brazos. No hay polvo de hadas ni cuentos en voces gruesas.

      Solo hay frío. Silencio. Polvo. Pólvora. Miedo. Soledad. Lluvia.

      Solo hay lluvia.

      Alfred abre la puerta, sale sobre sus tierras y la lluvia moja todo su cuerpo, respira su libertad profundamente. Respira… respira el olor a guerra, sangre, pólvora y odio. Respira el olor a lágrimas.

      "¿Cómo podría dispararte…?"

      Sus ojos azules se abren y Arthur esta en el suelo, manos sucias y ensangrentadas sobre su rostro bañado en lluvia y lágrimas. Arthur llora y se desgarra por dentro frente a él y Alfred se queda inmóvil, solo observa al hombre en el suelo.

      "¡Demonios! ¿¡Por qué!?"

      Cuando sus párpados dejan de sentirse pesados por las gotas de lluvia y se abren, azules y vacíos, su mano se estira y trata de arrullar a la persona en el suelo, a la persona que se muere frente a él.

      Y la imagen desaparece.

      Alfred parpadea una vez y una vez más y las lágrimas cálidas bajan por sus mejillas esta vez, su boca se abre pero su voz no sale, sus manos suben hasta su rostro y las ve con horror…Cuando por fin las lágrimas llenan su rostro y su alma, ya es demasiado tarde y Arthur se ha ido. Da la vuelta y con lágrimas, pena, dolor, terror, soledad… corre. Corre tan rápido como sus derrotadas piernas le permiten. Corre tan rápido como puede y sus ojos divisan la línea de la costa y el barco que se aleja. Sus pies no tienen más espacio para correr. La madera del muelle se acabo. Su rostro se contorsiona en dolor, sus rostro se llena de aún más lágrimas y la lluvia sigue cayendo.

      No te vayas.

      Sus manos se extienden hacia la imagen borrosa del barco que ya no volverá.

      No me dejes.

      Su voz no encuentra salida aun cuando su boca se abre entre su respiración erradica y desesperada.

      Perdóname…

      Por favor…

      No me dejes…

      Perdóname…

      Yo te…

      Yo…


      Su voz se rompe al final, sus rodillas ceden y se golpean contra la madera mientras su cuerpo tiembla de pies a cabeza y sus manos polvorientas y temblorosas se pierden en su dolorido rostro. La lluvia cae, lenta y despiadada.

      "Lo siento…"

      En el barco Inglés que deja por última vez, a los ahora, independientes, Estados Unidos de América, la voz de un niño resuena en los oídos de un abatido hombre que ve la costa, el muelle y a un hombre de rodillas, roto sin reparo, desde el borde del barco.

      Arthur pretende que las gotas que bajan por su rostro son solo de lluvia. Aunque aun puede escuchar a su Alfred, a su adorado, bello Alfred.

      "No te vayas, Arthur, si te vas, me sentiré tan solo…"

      Al irme yo también me siento solo. 

      La lluvia cae y el agua se lleva los restos de la época en la que ambos fueron realmente felices.
      "Vamos a casa, ¡Pequeño Al!" ... "¡Sí!"
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Vértigo.




    • ¿Alguna vez has sentido el vacío, asesinándote el corazón? Sí, yo sé… Yo sé que tú lo entiendes, yo sé que tú me comprendes. Ese vacío, que actúa como una fuerza poderosa que te arrastra sin control de un sitio a otro; que te provoca un vértigo asfixiante; como cuando realizas una caída libre cuyo destino es claro, pero cuya dirección es imposible de averiguar. Y cuando finalmente caes, miras claramente a la Nada y al Todo en un mismo sitio. Vas en picada, tan rápido, que es imposible contener la respiración; tan veloz que tus ojos apenas abiertos miran todo agitarse bajo tus pies. No tocas el suelo… tampoco lo ves.

      Has caído en el mismo sitio donde he sido arrojado yo. Y tú, al igual que yo, lo miras todo con tus ojos entreabiertos y confundidos.

      ¿Qué harás? ¿Te irás o te quedarás? Y si lo haces, si te quedas ¿Es por algún motivo que te mantienes a mi lado? Hay tanto que no puedo comprender, tantas cosas que miro y que a veces no digo. ¿Sabes? Me hago responsable directo de tu nula falta de concentración en el entrenamiento, a veces te apreso demasiado fuerte, los dos lo sabemos. ¿Por qué estás aquí? A veces creo que merezco saberlo, en otras ocasiones lo dudo. ¿Para qué has regresado? ¿Hay algo más que mis deseos de por medio? No contestes, hagas lo que hagas, no contestes ¿Para qué has vuelto? ¿Existe un motivo real? ¿Un motivo interno? ¿O son sólo ilusiones que creé para atarme a mi cordura? ¿Para atarte a mi cordura?.

      Ha pasado ya mucho desde que encontraste mi alma rota. Y es por ello que me siento tan perdido, tan abrumado, tan acabado… Tan fuera de mí. Entonces ¿Ésto es lo que soy? Porque de ser así, me tengo un miedo terrible. Déjame extender mi explicación: es un pánico horrible, siniestro y devorador que soy incapaz de controlar. ¿Ésto es lo que soy? ¿Esta cosa soy yo? ¿Este… este despojo de ser humano es lo que pretendo ser?

      ¿Sabes?

      Yo siempre veo, un brillo poderoso y terrible en tus pupilas. Uno que va más allá de una pigmentación o una desfragmentación atinada de la luz. Mucho menos es el destello de un verso grabado o de un poeta desesperado por ser un caballero romántico. Es más bien el reflejo que tienen en los ojos aquellos que han sido presas de terribles desgracias y que jamás tuvieron a alguien consigo.

      ¿Y yo qué puedo llegar a ser? ¿Podría colarme alguna vez entre esa mirada? Porque eso es importante. Saber el sentido común de tu mente sobre mi existencia, es de suma vitalidad para que prosiga en un estado de aparente tranquilidad. ¿Qué crees que soy? ¿Vale la pena pensarlo? Quiero entenderlo, entenderlo todo. Buscar razones tras los actos sin intenciones y aun así encontrar algo.

      Quiero entenderlo todo…

      Y aunque trato, aún no puedo entender. Absolutamente nada.

      Me aterra la idea de andar en un barco y de saber que tarde o temprano vaya a naufragar. Puedo escuchar tantas palabras, tantas oraciones que se contradicen entre ellas y se filtran a mis oídos. Retiras lo dicho y lo devuelves sin aparente motivo. ¿Qué soy? ¿Un alma sin valor? ¿Un alma nada más? Y siendo así, ¿Qué puede llegar a ser un algo como yo en un alguien como tú?

      Es que yo… aspiro a tanto.

      He visto muchas caras, cientos de ojos, miles de gestos y a pesar de ello en los tuyos he encontrado un paraíso distinto. Porque la primera vez que los vi, vislumbré el hambre de la venganza, los destellos de la angustia, del miedo, del coraje y la furia. Y al mirar con más detenimiento, pude ver un alma sin consuelo y completamente destrozada, pero sobre todo… pude hallar un corazón oculto. Encontré tantas cosas en un sólo vistazo.

      No lo niego, la inteligencia fue algo llamativo entre todo ello, menos que el corazón y más que la angustia. Empero, cuando miré profundamente en tus oscuras pupilas fue que conocí al compañero, al amigo, al confidente, al consorte, al amante.

      ¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿A qué te ato?

      En estos instantes, veo como me pasas por el lado; con tu andar pausado, elegante, casual y ligeramente descuidado. Mis ojos se pierden en tu silueta. Nuevamente, no tuve el valor de hablarte.

      ¿Acaso tus ojos me miraron de reojo tan rápido, que no logré sentir tu mirada sobre mi espalda? ¿Por qué cuando me queda la duda de tus deseos se siembra el dolor por todo mi cuerpo? ¿Por qué si no estás conmigo con algo más que tu cuerpo me siento tan frio, tan solo, tan perdido?

      ¿Por qué no te quedas conmigo? ¿Por qué no has venido a buscarme? ¿Por qué no te quedas esta noche conmigo? Sólo una noche. Sólo una noche que me haga recuperar la energía para seguir sonriendo, para buscarte en todos los sitios. Sólo una noche que me permita ganarme algo más que tu simple cariño… algo más.

      Sólo esta noche; para que quizás algún día… puedas volver por otra.

      Hay veces que los motivos de una vida nos separan de otra. Hay veces que sin importar los deseos o anhelos; el destino nos separa despiadada y cruelmente. Pero sin importar todo eso; sin importar los caminos a donde te lleve la vida, la razón y el alma, yo te seguiré. Y te perseguiré a donde quiera que vallas. Nunca me alejare y te traeré una y otra, y otra y otra vez.


      ¿Demente, verdad? A mí también me asusta.

      Quisiera no tener que decir nada, para no desmentir ni dramatizar, quisiera que vieras lo que tengo dentro. Porque lo sabes ¿Verdad? Lo has pensado, lo has visto también… Corrí tras de tí aquella vez, aún cuando tú estabas en el mismo lugar de siempre, aún cuando fingía no tomarle importancia y no dudaría en hacerlo otra vez. Si con ello consiguiera salvarnos.

      ¿A dónde voy? ¿A dónde vas? ¿A dónde vamos? ¿Podría decirse que vamos?

      ¿Huyes de algún sitio? No, lo sé bien ¿Buscas a alguien? Probablemente, más no de esa forma. Eso es algo que usualmente llega a atormentar mi mente ¿Luchas por algo? Constantemente. Sin descanso, sin tregua, sin fin…

      Si fuera capaz de mostrarte los sitios más enfermos de mi mente, las áreas más deformes de mi cuerpo, si me desembarazara de estos miedos y me revelara ante ti, con la piel desnuda y la mente abierta, con el corazón roto y el alma triste ¿Llegarías a amarme? Sí me atreviera a perderlo todo y me encontrara nuevamente, si lograse corregir cada uno de mis defectos, afinar los tonos agrios de mi carácter… Si todo eso pasara ¿Qué sería de nosotros?

      Si yo fuera alguien diferente, con el rostro alegre y el trasfondo igual de llano ¿Qué sería de mí? ¿Qué sería de tí?

      Quedan tantas cosas por terminar en este sitio. Te quedan fundamentales piezas para armar tu vida, y lo comprendo. Amargo, egoísta e imposible sería pedir que te quedaras en un sitio que no tiene nada para ofrecerte. Y no es que fueras a hacerlo, porque bien sé de tu ardiente promesa, misma que susurras cada noche.

      Y encuentro esa fuerza que te impulsa a hacerlo, cada vez que te observo hacer puños tus manos y encajarte las uñas hasta hacer correr la sangre por tus palmas, para que palpen el suelo, acostumbrándose a su sitio sobre la tierra, añorando la piel que ansías destazar. Cuando dejas a tus pupilas perderse en un mar de desventura en donde los tonos petróleo de tus ojos revuelven la visión de las casas que habitaron alguna vez los miembros de tu familia, hace ya tanto tiempo.

      Y lo comprendo, una parte racional de mi conciencia lo hace, porque existen ambiciones también detrás de mis ojos. Tú tienes tus asuntos pendientes, tus miedos, tus ambiciones, tus deseos, tus secretos e inclusive tus sueños. Tú tienes tu propia vida.

      Al ser humanos poseemos nuestra forma individual de planificar nuestra existencia. De igual forma yo en mis lados mas extraviados añoro con encontrar los brazos oscuros del manto de la locura que me impedirán volver a ver la luz del día a corto plazo. Es sólo una sensación fugaz que se cuela por mi mente en las ocasiones más sombrías de mis cavilaciones. E inclusive entre mis aspiraciones abstractas que de sobra ya conoces, esas que has escuchado desde mi infancia, aún cuando conozco las reglas del juego establecido sobre el tablero, te veo en ellas. En ocasiones observar mis propias ideas me aterra con una fuerza implacable y demoledora que se cuela por mis huesos hasta salir por finas fisuras y estamparse con los tejidos musculares, rompiendo cada capa de mi composición biológica hasta aparecer en la superficie de mi cuerpo como centenares de minúsculas agujas de plata destrozando las figuras y contornos de mi ser.

      No busco encadenarte a mi vida. Me rehúso a sucumbir a la idea de convencerme de situaciones inverosímiles. Y no es que lo crea, aunque lo quiera, porque acepto tu independencia y la necesidad de tu alma, aunque me mate por dentro el no tenerte conmigo, el no poder tocarte, ni poder decirte un susurro al oído. Y sabiendo todo ello, no logro asimilar ¿Por qué se me clava esta sensación oxidada y punzante en el pecho? ¿Por qué te miro y no logro comprender como es que teniéndote tan tangible en mi mente no pueda tocarte nunca? ¿Cuándo es el momento? ¿Cuánto se tiene que esperar? ¿Cuándo se habla y en qué momento se calla? ¿Cuándo es que podre tenerte conmigo? ¿Cuándo será ese momento?

      Las personas morimos y renacemos constantemente, Hiciste una pausa larga que se llevó tus ojos a otro sitio.

      No, Negaste rápidamente sin dar espacio a ideas o argumentos. A veces existen situaciones que impiden la unión de dos almas.

      Tu rostro en ningún momento me miraba y eso me asustaba, tenía entonces tanto miedo a tus reacciones, a tu desprecio y a la vez, admiraba tu distancia.

      Si dos personas no logran una historia en su momento, se buscaran en la siguiente vida, Murmuraste un tanto apagado, fue entonces que dirigiste tus pupilas sobre las mías y las clavaste analíticamente, sin dejar lugar a dudas. Por eso se buscan en su próxima vida, Concluiste.

      Dejaste al silencio hacer forma, no comentaste nada y me negué a romper la fuerza de las palabras mudas.

      Pasó largo tiempo y como si abrieras un capitulo agregaste: Por eso estamos ahora… aquí.

      Y luego te marchaste y me dejaste bañado en mares de dudas y sueños.

      Fue hace varios años atrás, ¿No? Aquella teoría que tú mismo me diste a conocer rondó en mi mente durante mucho tiempo. No puedo depender de un destino, eso trunca mis expectativas, añoro demostrar a la vida que se equivoca y hacerla ver en ella misma las razones para seguir de pie, para continuar. Amo aquella sensación, más aún que el sabor de la melancolía que le da un toque de pasión a mi vida. Aquella noche que me instruiste aquella lección de vida ¿Pensabas en las mismas personas en las que yo lo hacía? Tú y yo. ¿O sólo lo comentabas como un polvo al aire que deseabas esparcir como una enseñanza a mi extraviada mente? Arriesgando tanto y desplazando al tiempo, a veces un cosquilleo se cuela entre mis costillas preguntando:

      ¿Cuántas vidas son suficientes?

      ¿Cuántos pecados puede consigo cargar una sola alma? ¿Cómo se abren los pétalos de una rosa seca sin romperse? ¿Qué tratas de ver? ¿Por qué hay algo que me hace sentir que existe algo más allá de este pedazo de historia contigo? Como las piezas de dominó tallando contra la mesa. Minúsculas fichas blancas con puntos negros, alto contraste en un rectángulo de arte. Van siendo colocadas en dos grupos. Cada lado va desprendiendo números que se complementan con las piezas del otro lado, sumando números de 12. Siete pares son armados y de ser el destino piadoso, de ser lo escrito real, tantos pares como se unan se compartirán.

      Estoy aquí mirándote desde lejos. Lo sabes. Y cada vez que disimuladamente preguntas por ello lo niego. A veces tú también llegas a hacerlo, usualmente lo niegas. Disimulamos constantemente. Es una fuerza natural.

      No disfrutas jugando de esa manera, ni yo tampoco. Hay algo que falta entre las paredes, si logramos encontrar una manera de mantener todo de pie y sin nosotros, estaremos seguros. Atamos la energía a un lugar, tenemos que evitarlo de una manera u otra. Es necesario, eso que se cuela en silencio es algo que sólo nosotros debemos saberlo. Lo inexplicable que habita y nos preserva en el tiempo, es algo que no necesitamos definir. ¿Por qué me atrevo a unirte en mis idealizaciones retorcidas? Porque hay algo que sé, que conoces que sé. Y de lo que jamás hablamos. No es necesario, con sentirlo basta. No busco explicarlo, tú buscas entenderlo. Y a la vez, esperamos. El tiempo es algo que ha dejado de establecerse en nuestro espacio. Es hacer lo que debemos. Quiero estar contigo, mancharme con sangre si es tu sangre, ofrecer mi vida si es a cambio de tu vida, enloquecer si es atando tu cordura a la mía. ¿Lo comprendes de alguna manera? ¿Lo buscas? La incertidumbre me mantiene atento. Hay tantas promesas que quedan por cumplir…

      Y cuando sean cumplidas… ¿Te entregarás al regocijo y al placer de ver conseguida tu venganza, para así irte a destrozar estrellas? ¿Me entregaré al gozo del reconocimiento y la fingida aceptación, a inventarme motivos para sostenerme vivo coleccionando flores? Hay tantas cosas que alimentan el vacío de mi ser. Miro las palabras y las olvido en mi mente, haciéndolas llover inesperadamente. ¿En qué forma lo explico? ¿Espero pasar al pasado, pelear al presente, hacerlo pretérito y encontrarte conmigo? No puedo obligarte a permanecer a mi lado, en el mismo sitio, de la misma forma en que te lo he dicho.

      Aún así… soy terco y lo sabes. No dudes de mis capacidades para salirme con la mía, para encontrarte, para sorprenderte.

      ¿Irás conmigo? Y si lo haces… ¿Simplemente irás por ahí conmigo? ¿Simplemente estarás? ¿Estarás ahí como quién espera por costumbre? ¿Estarás ahí como quién busca pagar una deuda que en realidad no existe?

      O acaso… acaso ¿Me sujetarás la mano? ¿Me dejarás sujetarte la mano mientras caminamos? ¿Lo harías?… Contéstatelo a tí mismo ¿Serias capaz de andar conmigo por el camino? Con un beso en los labios, podrías sentir el amargo y agridulce sabor que cargo en la boca, sanarías con varios el dolor que algunas noches de invierno me tumba y me mata. No necesito mimos, no soy una delicada dama, no busco lujos o palabreríos cargados de patéticos romances innecesarios. Sólo te busco a ti. Lo demás, lo haces y lo harás sin darte cuenta. A veces los humanos somos más pasionales cuando no entendemos nada.

      Hay algo que se me escapa de los ojos en forma de lágrima, que me mancha el rostro y cae de mi barbilla al suelo. Es una gota que brota desde muy adentro, de un sitio lleno de colores, de una habitación repleta de aromas. Y es negra, oscura, melancólica, dolorosa, discreta, taciturna, sanadora, amorosa y eterna.

      Y tan… tan mía.

      Entiéndelas porque son negras como el todo. Llenas de tantas cosas. De tanto que se arranca de mi alma. Las tengo en las manos. Tómalas, porque la sangre que brota de tus ojos llegará a tocarlas. Hay algo que se filtra, óyelo. Hay tanto dentro de algo tan roto. ¿Tú si eres capaz de mirarlo, verdad? ¿Tú si eres capaz de… de amarlo…?

      - Noah.- Tu voz me llama desde algún sitio.

      Podemos hacer y deshacer el mundo si estamos juntos, si es que me entiendes ¿Qué es lo que llegas a ver en una cosa bestial como yo? ¿Qué es lo que veo yo en tu corazón, en tus ojos y tu alma? ¿Qué es lo que nos hizo coincidir en un mismo sitio? ¿Qué es lo que nos ha llevado hasta aquí? ¿Qué es lo que podría ser capaz de llevarnos a cualquier lugar?

      ¿Te atreverías a adjudicarlo a una coincidencia? ¿Al azar? … ¿Lo harías?

      Cuando miro tus ojos, veo un mundo que a veces pareciera que ni siquiera tú conoces, un mundo que no conozco y a la vez resulta familiar y adorado. Sigo al instinto, al corazón y a la razón que me gritan lo mismo. ¿Cómo se llama lo que siento? El mundo le ha puesto tantos nombres en diversos idiomas, que traducen siempre a lo mismo. Un conjunto que me resulta imposible explicar y a la vez, da la sensación de ser describible con tal facilidad que nos confunde. No me atreveré a aludir su nombre.

      - Noah - Vuelves a llamarme, algo irritado.

      ¿Resulta demasiado ocurrente decirlo? El hecho de que quiero estar contigo, no sólo a tu lado, si no a la par. Más allá de la vida después de la vida. Más allá del amor después del amor.

      Porque...

      Hay tantas cosas que han cambiado en mi vida desde que te conocí
      Hay tantas cosas que cambiaste en mí cuando se encontró tu vida con la mía.
      Hay más detrás de mis palabras y mis acciones, de lo que siquiera te imaginas…
      Gracias.
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Tanto tiempo.


    • Siempre que miraba hacia atrás era capaz de verle. A él y a sus pequeños ojos entrecerrados y un firme y delicado hilo del destino de color fervientemente rojo enroscado en su dedo fuertemente. Era hermoso, su rostro, todo le hacía parecer diminuto pese a ser un país fuerte y poderoso. Aún no podía enfrentar aquel cielo que se abría en aquellos pequeños pero poderosos orbes. Tenía muy presente lo que era cierto y lo que no lo era y aquello era tan hermoso que obviamente, era una mentira.

      En sus ojos no había nada, aquellos castaños lucían apagados, el brillo risueño se había secado en sus ojos. Su sonrisa ya parecía fingida. Aquellas manos ya no portaban aquella calidez tan hermosa que le caracterizaba. Finalmente había caído rendido ante una vida en la que ya no hallaba la mínima posibilidad, finalmente se había derrumbado ante aquellos insípidos pilares de cal que habían trazado sus hermosos pero falsos sueños. Había olvidado qué era la realidad y qué desde luego, era lo ficticio.

      Sus castaños no brillaban, ahora descansaban en la penumbra de un amor olvidado. Con el tiempo y quizás el paso de los años le habría olvidado, pero aquello no pasó y él continuaba lamentándose por ello. Le esperó tanto tiempo que no tenía idea de la razón de muchas cosas, tanto tiempo que olvidó por quién esperaba, más incluso que ya aquel rostro que solía conocer tan bien, se había convertido en una borrosa silueta grisácea y sin ojos. Aquellos celestes, ¡Sus cielos! Los había olvidado, nada tenía sentido.

      Un cobarde como él se habría rendido, pero no lo hizo pues del corazón inofensivo pero cruel no era capaz de vivir una nación y la suya, hacía tiempo que vagaba en pena.
      Aquel día era uno de tantos en aquel monótono país en el que podía aburrirse cuando quisiera sin que a nadie le importase. Miró por la ventana, en la que la luz ya no se reflejaba debido a las altas horas de la noche y la profunda y hermosa oscuridad iluminaba con un delirio insano y romántico las penumbrosas calles de Venecia.
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Sentimientos.

    • Creo que definitivamente si tuviera que elegir una pareja a la que amar fielmente y a la que prefiero por encima de muchas otras, sin duda sería el Alfred and Arthur. Por la simple razón que me siento tremendamente bien cuando escribo de ellos, cuando sé que puedo utilizar cualquier motivo solitario en los que plasmar todas mis ideas... Me siento bien escribiendo de ellos, me encanta.

      E aquí un Rol que nunca terminé, pero al que siempre amaré con todo mi corazón.
      Alfred - Arthur

      Hacía días que el magnífico Alfred F. Jones no podía dormir. No paraba de dar vueltas en su cama, una y otra vez, sin descanso... Y sabía perfectamente que esta vez no era por pensar en hamburguesas, en como ganar más fama o en hablar con su extraterrestre Tony.

      A decir verdad, no tenía muy claro que eran esos sentimientos de inquietud y frustración que le quitaban el sueño en las oscuras y esplendorosas noches en su país. Pero no había otra cosa en la que pudiese pensar, ya que en cuanto cerraba los ojos, el rostro enfadado pero con un toque hermoso de un gran sonrojo en su cara no desaparecía de su mente. Y era el de Arthur.

      "¡Pero si yo lo detesto! Es un idiota descerebrado que no sabe disfrutar lo bueno de la vida... ¡Y siempre está pegando a un genio como yo!" Exactamente era eso lo que se repetía una y otra vez.

      Como otra de tantas horribles noches, Alfred se había acostado en su gran cama y tapado con aquella manta decorada con estrellas y barras. Al igual que su bandera. No había cosa que más le gustase que dormir arropado por su patria. En cambio, en esa noche... Había algo diferente. Lo supo desde que llamaron al timbre. 

      El rubio se levantó de la cama y fue hacia la puerta, estaba en calzoncillos y con una camiseta de tirantes negras que tapaba su pecho. Se removió el pelo y posó una de sus manos en el pomo de la puerta, abriéndola así. 

      Para su sorpresa, era en esta ocasión, la persona a la que menos quería ver.

      Chasqueó su lengua e hizo una mueca de disgusto, al observar que el inglés se tambaleaba en frente de la puerta de su casa. Borracho, esa era la palabra. Como un maldito ebrio, siempre llamaba a la puerta de su casa. ¿¡Acaso no tenía otros hobbies que beber!? ¡Hasta hincharse a hamburguesas era más sano que eso! El americano suspiró resignadamente y le abrió las puertas de su casa para que entrase. Mañana sería otro día.

      - Acuéstate en el sofá y duerme, el héroe quiere descansar. -Añadió, con cierto tono serio en su voz mientras que observaba como, extrañamente, el rubio se acostaba en su sofá. No tardaría mucho en hablar, hipando y riendo como cualquier borracho de la calle. 


      En todos los años como alcohólico había aprendido una cosa y aquella se trataba de que por mucho que bebiese para olvidar todo lo que se proponía era capaz de olvidar todo excepto una cosa, más bien una persona y era eso lo que le ponía terriblemente sentimental. Sin saber como realmente y eso era porque ciertamente estaba demasiado borracho como para ser consciente de lo que hacía y aquello podría utilizarlo perfectamente como una escusa.

      Cuando golpeó la puerta de madera con sus nudillos desgastados y rojos, esperó pacientemente con los ojos rojos y sin poder evitarlo, pareciendo terriblemente penoso al tiempo que se tambaleaba en la gran entradilla de aquel edificio. Se dio paso dentro cuando aquel hombre de cabellos rubios alborotados le abrió. Se mantuvo como si nada, afirmando vagamente con la cabeza y posando su pesado cuerpo sobre aquel sofá forrado de cuero. Dio un suspiro, el peso de sus años se hacía notar más de la cuenta cuando estaba junto a aquel sujeto.

      - Al, mi querido Al – Elevó el tono de voz, complacido y sonriente, con sus mejillas rojizas de la emoción y el mareo que le provocaba tomar algunas copas de más. – Te había echado tantísimo de menos – Nada más cierto que aquello y que seguramente en otra ocasión su estúpido orgullo no le habría permitido decir. Quería tanto a aquel chico, pero se notaba tan poco el amor del otro hacia él mismo.

      Alzó el rostro y sus verdes y brillantes ojos observaron los celestes ajenos, sonriéndole un poco más de una forma tranquilizadora que siempre, tras todos los años y las situaciones que se habían dado, podía mantener aún. Cuando estaba bebido siempre recordaba el tormentoso día en el que el cielo rugía fuertemente y las nubes se descargaban sobre dos personas en un inmenso campo de batalla con trajes de semejante color, militares compitiendo por una diferente causa. El egoísmo en ese entonces le había cegado completamente y era por eso que quería completamente al rubio junto a él, que formase una nación él solo era algo que dentro de su cabeza no tenía lugar.

      - A penas parece que fuera ayer cuando estabas tan delicadamente sobre mis brazos – Susurró anhelando los momentos dorados en los que el pequeño rubiales que ahora había crecido más que él mismo, se mantenía llamando su atención constantemente para ser su mirada la única que recibieran sus ojos, eso era algo que probablemente el americano nunca supiera cuando añoraba en aquellos momentos. – Pero...Ya no estamos en el día de ayer, y el día de hoy no es más que un retazo borroso de nuestras memorias. – Sonrió, ahora escondiendo el rostro entre sus dos manos, como si a través de su propia mirada pudiera trazar un agujero que quemase sus propios dedos. – Hoy es un día que se ve tan distante como aquel día en el que la lluvia agraciada ocultaba nuestras lágrimas en aquel gigantesco campo de trigo quemado, ¿Recuerdas? – Musitó, entristecido y con la voz más temblorosa y dudosa que anteriormente, en cualquier momento era posible que arrancase a llorar.

      Desde luego, aquello era algo de lo que se lamentaba en profundidad desde hacía tanto tiempo como él mismo podía tener memoria de sus continuas conquistas en nombre de la santísima reina de Inglaterra. Pero su mente dudó cuando un territorio basto y rico en toda clases de materiales agricultores y mineros descubrió, a manos de un dulce niño de ojos celestes y cabellos tan rubios como el sol. Aquel que en sus momentos conoció como pequeño América y ahora se alzaba como una grandiosa y magnífica nación orgullosa.


      De nuevo, la frustración que venía sintiendo desde hace días caló más hondo en su corazón. Todas aquellas palabras, dolorosas palabras, que aun no queriendo escuchar, sabía que eran verdad no dejaban de repetirse una y otra vez. Sin cesar, con dolor, con la máxima frustración que alguien tan excelente como él jamás había sentido.

      Tragó saliva, yendo a coger una manta de las muchas que había sacado en una época tan fría como era el invierno. Deshizo la doblada manta y la posó encima del encogido cuerpo del rubio, tapándolo con ésta misma. Sus ojos se veían ahora realmente tristes, húmedos y estos mismos luchaban por no llorar. ¡Los héroes no lloran! Estaba claro, y no iba a llorar tan de repente por unas palabras provenientes de un viejo borracho.

      - No digas sandeces y duérmete de una vez. -Farfulló el infantil rubio, acomodando mejor la manta encima de Arthur. Su rostro se veía realmente patético, tan sonrojado y con aquellos grandes ojos verdes rojos por tanto beber. A pesar de eso, siempre que observaba el rostro de éste una sensación de querer protegerlo le inundaba. Cuántas veces se había intentado convencer para simplemente dejar esa idea y centrarse en hacer creer a su país...

      Después de aquello, algunos murmullos sin sentido seguían saliendo de la boca de éste. Quiso no prestarle atención, yendo hacia la cocina para tomar un vaso de leche antes de volver a su solitaria cama. Distancia, eso era lo que necesitaba mantener con Arthur, lo que siempre había intentado tener a pesar de todo.

      Abrió la puerta de la nevera y sacó de esta el cartón de leche, dando algun que otro sorbo de mala manera. Una vez saciada su sed, guardó dicho cartón de leche en la nevera y la cerró, dirigiéndose al salón. Apagó las luces y la habitación quedó iluminada por el esplendor de la luna llena que reinaba en el cielo rodeado de nubes grises.

      - Good night, Arthur... -Susurró, adentrándose en el oscuro pasillo que le llevaría a su cama. Dormir, lo intentaría... Aun sabiendo que tener al inglés borracho en su salón no era algo con lo que poder descansar tranquilo.


      Escuchó las dulces palabras providentes de este más sin embargo no tuvo la grata ocasión de observar sus ojos azules una vez más pues una profunda oscuridad le envolvió por completo. Cerró los ojos, se apegó más aún a la manta cuyo color no podía observar y dio un largo y profundo suspiro. Hacía tiempo que no escuchaba la dulce pero enérgica voz de su antiguo pequeño al cual consideraba más como a el pequeño hermano que nunca tuvo.

      Se envolvió más aún en la cálida manta, sintiendo a su mismo tiempo como se calentaba ante el contacto que ejercía esta sobre su propio cuerpo y acercó su rostro a el terciopelo de esta y olio sorprendido y ensoñado el olor que desprendía. Olía a él, a su queridísimo Alfred el cual siempre todo acto que conseguía hacer le tomaba de improviso. Sonrió acostado ya pero no era dormir lo que quería, no tras recordar todo aquello, no tras decirle sus pensamientos a el americano antisentimentalista.

      No podía dormir y por lo tanto se levantó pesadamente del sofá dando un quejido a su paso y caminando por el pasillo de la estancia, el mismo lugar por el que había desaparecido el americano. Abrió algunas puertas, cuarto de baño en el cual aprovechó para lavar su rostro y la cocina, al siguiente momento abrió la última, ahí estaba la habitación del rubio. Sonrió porque era aquello lo que quería encontrar y era por eso mismo por lo que decidió a permanecer en el marco de la puerta sin decir ni una sola palabra y solo esperando el momento en el que pudiera hablar, aquel definitivamente fue cuando observó a este tumbado en la cama, sin saber si estaba durmiendo o no se dedicó a decir entre dientes, en apenas un suspiro que luchaba por ser audible o no.

      - ¿Sabes el motivo por el cual comencé a beber? – Miró con recelo a la cama de este, pues ciertamente no sabía si dormía o no, continuó hablando tras algunos vistazos.- No fue por un hobby, siquiera porque me aburriese, simplemente fue porque estaba demasiado solo como para observar la eterna soledad en la que me vi envuelto solo – Murmuró, con una mirada entre arrepentida y añorada, como si realmente recordase algo de lo que hacía tiempo había intentando deshacerse.

      Ciertamente nunca quiso estar solo porque el deseo por permanecer como hacía tiempo estaba era mayor, pero sin embargo era así como estaba y era ese mismo motivo y situación la que debía empezar a asimilar con tantísima emoción como tiempo atrás. Cuando a llorar se dedicaba, día y noche sin importar estar bebido o no, sin importar la preocupación que esto traía a su queridísima nación.

      - Alfred, mi pequeño – Sonrió, apenado y con los ojos a punto de descargar el enorme equipaje de lágrimas que le había dirigido a aquella nación – Siempre serás el pequeño niño indefenso que conocí, pese a que ahora portes una gran carga sobre tus hombros, yo siempre seré quien vele por tus sueños – Aterrizó una de sus manos en su rostro y sin más de nuevo comenzó a llorar, porque aquello parecía demasiado surrealista como para acercarse por poco a la verdadera realidad.

      Las piernas le flaquearon y cayó rotundamente al suelo, deslizándose sobre la madera de la puerta de la habitación y consiguiendo sentarse por fin en el suelo, con el rostro entre las rodillas y sus ojos abordados por las lágrimas, finalmente había comenzado a llorar.

      Parecía todo tan nostálgico, hacía demasiado que no lloraba por aquellos viejos tiempos, era absurdos llegados a tal situación y a un punto tan marcado.


      Como las noches anteriores, Alfred había estado revolviéndose debajo de sus sábanas con la mayor inquietud del mundo. Incluso había aumentado al tener al inglés ebrio en el salón de su esplendorosa casa. Se colocó boca abajo, dejando caer su cabeza sobre las suaves y blancas sábanas de su cama mientras que colocaba esa típica manta con barras y estrellas tapándo todo su cuerpo.

      Oyó unos ruidos, supuso que serían afuera en la calle, algún movimiento de los pájaros posarse sobre las ramas o cualquier persona andando tranquilamente, dando un paseo bajo la luna. Mas no era así. Aquella voz tan conocida, aquella voz quebrada estaba justo siendo escuchada por él, en el quicio de su puerta. Pudo apenas ver a Arthur con la luz de la luna, ya que hoy, había apado la pequeña lámpara de su cuarto para no ser interrumpido.

      Poco después del propio monólogo que estaba diciendo el ebrio inglés, escuchó un pequeño golpe contra el suelo. Se levantó, cogiendo las gafas que había dejado en su mesita de noche y vió la figura del rubio tirado en el suelo. Se tapaba la cara, y sus sollozos eran más que evidentes. No sabía que el alcohol le hacía tanto mal como para ponerse a llorar.

      Se levantó, sin decir absolutamente nada y se colocó en cuclillas en el suelo, observando la estrecha figura que se cernía ante sus ojos. Su pecho comenzaba a sentirse más tenso, su respiración aumentaba y sentía que su sangre hervía al ver llorar a semejante tipo, al verlo en ese estado tan deplorable.

      - No te he pedido explicaciones Arthur, alguien tan genial como yo no las necesita... -Murmuró, acariciando la cabeza de éste, dándole unos golpecitos algo infantiles.- Levántate, y cuando no estés borracho entonces hablaremos. -Dijo, más serio y recto. Cogió bruscamente la mano de este y lo incorporó con toda su fuerza, dejándolo apoyado en el suelo, mas aun así, ayudándolo a mantenerse.

      Colocó su brazo por detrás de su cuello, posando su mano en uno de sus hombros y arrastrándolo hacia el salón de nuevo. El pasillo estaba aún oscuro y no podía ver muy bien, pero su casa siempre sería brillante a pesar de eso. A pesar de las "malas compañias", en días como estos.


      - No quiero ir – Gritó pesado y borracho, intentando sujetar el brazo firme que le ofrecía el otro rubio pero aún así cayendo al suelo en el intento. No quería ir, no al sofá donde estaba solo y la oscuridad acechaba por hacerle cosas extrañas, ya sabía que no debería de haber jugado con la mágia negra desde un principio. Sin embargo todo aquello no evitaba que en aquellos momentos se encontrara asustado, tremendamente asustado y aún llorando.

      No lloraba por estar solo, porque a no llorar por ese motivo ya se había acostumbrado; Lloraba porque él no estaba a su lado como en los antiguos tiempos y ahora estaba solo, sí, pero la soledad sabía más amarga aún cuando estás de aquella manera y terriblemente enamorado. Porque él se había enamorado desde el primer momento de aquel niño enérgico que le sacó de la Europa solitaría y su horrenda isla. Pero ese amor no empezó como el de cualquier novela, porque aquel amor era amor de verdad. Había comenzado desde una grandiosa amistad, después un gran amor como el de un padre a su hijo, cuando comenzó a crecer lo apreció más como un hermano y después, después cuando vió a ese pequeño chico convertirse en un hombre, se había dado cuenta de que era el amor de su vida.

      Porque los más añorados amores son los que no empiezan como nada, a conocer la amistad y finalmente enamorarte profundamente de esa persona y quererte aferrar a él. De ver como se va desenvolviendo la historia, conocer sus terrores y sus gustos, sus gestos y sonrisas. De conocer tanto a esa persona que seas como tú mismo.

      Tú reflejado en un espejo.

      Ese espejo eran los años que se habían conocido, eran los años que le había odiado por separarse de él, eran las sonrisas y los besos que nunca se dieron. Los abrazos que a ratos recibieron. Las guerras que libraron, el odio que adquirieron y las demás personas que se interesaron. Finalmente, tras algunos años, tras verse en un callejón sin salida, tumbado durante varios días en su despacho sin ciertamente hacer nada, había llegado a darse cuenta de la total importancia que le debía al más joven. El aprecio y el cariño. Porque lo demás no importaba.

      - No me nieges el estar contigo... Quiero sentirte, besarte, abrazarte muchas veces – Por cada palabra de sus labios, una lágrima más se dignaba a salir de sus verdes ojos – Quiero darte todo el amor que no te he dado en tantos años, y recibirlo también – Sonrió, levantando su pesado cuerpo y consiguiendo abrazar fuertemente al rubio, tocarle las mejillas, tras separarse y finalmente darle un largo y pausado beso en los labios. – Porque no soy capaz de decirtelo o quizás lo digo demasiadas veces sin darme cuenta – Susurró, una vez se hubo separado del de ojos celestes – ¿Pero no te das cuenta que para mí no eres un simple amigo ni tampoco un hermano? – No compartian sangre, y por aquel motivo rió.

      Se dio cuenta que el coraje y la gran confianza en si mismo del rubio, era debida a que él de pequeño siempre había sido una solitaria nación. Pero él no había sufrido, no tanto como él. Porque no conocía el cariño de la amistad ni que otros países te dieran la espalda.

      Porque él era el tan conocido “Los estados unidos de América” Siempre había recibido atención y siempre había sido tratado como el chico privilegiado que era.

      - Porque yo te amo, Alfred - Y quizás decirlo era más sencillo que hacerlo, aquello le dolía, le dolía porque no sabía que resultaría del afán de decirlo. Quizás no fuera un beso ni un abrazo lo recibido y más bien lo echase de su casa, pero estaba bien, se lo merecía, por necio.


      Dolía. Dolía tantisimo que su fuerte corazón parecía agonizar con cada dulce palabra. Cada palabra que debía desmentir, que debía olvidar de su mente. "Estás borracho, cállate" quiso decir, mas sus labios se sellaron al instante. Y así era, estaba bebido... Y al parecer más que nunca. ¿Cómo podía alguien sincerarse teniendo tantísimo alcohol por sus venas? Había que estar loco para creer algo así.

      Alfred había tratado de mantener la cordura durante mucho tiempo, no quería caer en las redes de la locura. No quería volverse alguien desquiciante, alguien aburrido y loco, no quería caer en los brazos del amor. No quería nada y lo quería todo. No podía complacer sus deseos, ni los de nadie. No podía aguantar el fortísimo dolor que acechaba a su pecho. Se sintió prisionero... Un triste prisionero que quería morir en la cárcel de los besos de Arthur.

      - No quiero escuchar más. -Susurró, empujando hacia un lado al rubio de ojos verdes.- ¿Por qué no puedes ser sincero cuando estás sobrio? -El americano apretó los puños con odio y rabia contenidos.- No te entiendo... No puedes amarme, Arthur. -Justo después de decir eso, se dejó caer contra una de las paredes del pasillo, colocando una de sus manos en su cara y moviéndola negativamente.- Huí de ti, como un grandioso cobarde... Ahora que puedo vivir solo... Tú vienes a mi casa, diciendo esas cosas como si fuesen habituales, como si fuesen hermosas.

      No podía evitar el escuchar sus sollozos y lágrimas, era horrible tener que soportar eso en su propia casa. "Vete, no quiero saber nada más de ti. Nunca te quise y nunca te querré de esa manera. Eres alguien demasiado normal, te enfadas conmigo rápidamente y me golpeas... Es imposible que un héroe como yo pueda quererte."

      ¿Por qué no podía dejar de pensar en palabras cada vez más crueles? Él no era así. Era un país fuerte, una nación envidiable, era enérgico y alegre, por no decir que era alguien demasiado inteligente. ¿Por qué querer a Arthur? ¿Era masoquista? Quizá tan sólo sintiese amor... ¿Amor? Imposible, se supone que el amor debería ser hermoso, lleno de sonrisas, cariño, besos, abrazos interminables... ¿Por qué? ¿Por qué no podía dejar de repetirse aquellas dos palabras una y otra vez?

      - Estoy cansado de tus absurdas declaraciones... De tus Scones, de tus insultos, de tus hadas, de tu falsa sonrisa. -Susurró, luchando por mantenerse recto y sin derrarmar una lágrima.- Estoy cansado de que seas amable con los demás, de que grites, de que me digas que soy tu pequeño Al... Estoy cansado de ti, Arthur. -El rubio se dió la vuelta, queriendo volver a su habitación después de todas esas palabras, distantes y frías palabras.


      Claro, estaba borracho, eso era todo lo que podía ver el rubio. ¿Por qué aún no había comenzado a ver más allá de las palabras? No podía creer en las suyas si este se dignaba a pasar la mayor parte del tiempo sin creer en nada más que él mismo. No había nada más, no otra cosa que pudiese decir o hacer.

      Su orgullo le decía huir de aquel lugar, escaparse y hacer como había hecho el otro rubio, sin embargo el corazón le gritaba y decía que no, que hiciese lo que estaba en su mano, que soñase de nuevo como tantas otras veces, que le observase a sus celestes ojos y sonriera.

      Eso hizo, sonrió, se acercó débilmente al hombre que se hallaba tirado en el suelo, lamentándose de él mismo, diciéndole en claras palabras que le odiaba, echándolo indirectamente, luchando por mantenerse como siempre, firme y sin ningún otro sentimiento que el orgullo personificado.

      Se tocó los labios y le miró con lástima, le quería, era cierto. – No miento cuando digo que te amo – No lo hacía, ni el estar bebido de más le afectaba en lo más mínimo. Porque tenía experiencia con aquello y desde luego, era aquello lo que quería, le quería a él.

      Siempre fue así.

      - Siempre has sido mío, siempre me has cegado con tu sonrisa y ahora sin embargo estás aquí, diciéndome lo que siempre soñé. – Susurró y cerró los ojos. Dolía, demasiado, murmurar aquellas palabras y mantener la cordura. – Que me odias, que ya te has cansado de mí – Otra lágrima más cayó, ahora sí sentía un dolor agudo en su pecho. – No puedes deshacerte de mí ahora. – Cansado, se dejó caer en el suelo.

      ¿Por qué todas las personas que quería se terminaban por ir? Primero fue Francis, al que había querido hasta el extremo de considerarle su amigo más preciado, después pelearon y perdió una vez más en la guerra. Terminó por quedarse solo de nuevo en Europa pero de nuevo alguien más apareció, tan rápido como para su desgracia se fue.

      Un chico rubio de ojos celestes, el sol y el cielo en persona. Su salvación más conseguida. La persona más querida.

      Todo aquello parecía ahora un sueño, él demasiado cercano, el otro lejos, a su parecer.

      -Pero no me iré, no porque pese a tus palabras se que no quieres alejarte de mi – O quizás eran esos sus pensamientos, pero aquello era cierto, no quería quedarse solo, no mucho menos cuando lo tenía tan cerca de nuevo. – Te añoraba – Se acercó, pensativo y sin intentar arrepentirse a medio camino, entrelazando entre sus brazos el cuerpo más grande que el suyo propio, diciéndole al oído cuanto le amaba, otra vez, sin arrepentirse.

      Porque no había nada que negar, no para él, no para su pequeño.

      - Me quedaré a tu lado Alfred – Siempre aquí, como he estado tantos años aún si no te dabas cuenta y tan solo veías el mundo que te ofrecía el vistazo a tus narices. Ahora estaba ahí, completamente entregado, pese a su estado.

      Había rezado muchas veces, había llorado otras cuantas más por verse envuelto en aquel momento, pero ahora era allí donde se encontraba, no había nada más que aquello.

      -Te amo – Susurró una vez más, para que no se olvidase de lo cierto en sus palabras.


      Alfred no podía decir aquellas palabras que tanto deseaba poder liberar. No podía decir "Te amo" de una manera tan fácil. Ni aunque hubiese sido él el que hubiera estado ebrio habría podido. Se maldijo así mismo. Era la primera vez que odiaba su magnífica persona con todas sus fuerzas, y era culpa del inglés viejo y borracho.

      Sintió sus cálidas y sudorosas manos de nuevo aferrándose a él. Volviendo a escuchar ese "Te amo", el que debilitaba de una manera abusiva su propia mente y sus ideales. Esas dos palabras que derrumbaban todo lo que había estado intentando construir, que echaban a perder su fortaleza, su sonrisa y su desmesurada afición por comer hamburguesas. Ahora no podía pensar si quiera en ese manjar.

      Se zafó fugazmente de los brazos de Arthur, volviendo a afrontar sus brillantes y verdes ojos inundados por las lágrimas, que parecían brillar en la oscuridad que acechaba aquel estrecho pasillo de su gran casa. Encogió un poco los hombros y aún silencioso, quedó a un solo paso del inglés experto en decir sinceras palabras cuando andaba borracho.

      Quería seguir más cosas, él también quería sincerarse... Pero a la vez sabía que si lo hacía, otras distintas y confusas palabras saldrían de sus labios. Cogió las muñecas del rubio y las elevó hacia arriba, colocando sus brazos violentamente en la pared del pasillo. Ya no aguantaba más, el vaso casi lleno había terminado por derramarse, al igual que sus sentimientos.

      Sus labios buscaron los de este, haciendo una especial presión en ellos al principio, volviendo el beso algo brusco. Humedeció un poco sus labios con su lengua y convirtió aquello en un beso "francés", introduciendo su lengua rápidamente.

      Su paciencia se había acabado. Ladeó su cabeza haciendo el beso más intenso por momentos, jugueteando con la lengua de Arthur deliciosamente. Dejando que la sensación y excitación que le producían ese beso azotara su cuerpo, provocando que delirase. Cerró los ojos fuertemente y ejerció más presión en las muñecas de este, pegando algun que otro resoplido para obtener aire.
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Sweet Dream.

    • A veces, cuando me paro a pensar lo solo que me siento a veces y lo bien que me sentiría si lo estuviera otras, de veras no logro comprenderlo. Lo cierto es que no soy alguien al que se le de bien expresarse, de hecho creo que me cuesta más de lo que a una persona normal le cuesta hacerlo. Quiero decir, siempre he estado solo, es a lo único a lo que me veo realmente preparado a afrontar, es lo único que soy capaz de mantener. No quiero sufrir, nunca me ha gustado aquello del dolor, más sin embargo no hice más que recibir unos y otros golpes sin sentido que se agolpaban en mi mente, que me decían que todo estaba bien, pero que al mismo tiempo todo estaba demasiado mal.

      Sabía que desde que me había vuelto una persona tan solitaria la gente ya no solía hablarme tanto como antes, que ahora me escondía de las risas, que no quería una sola lágrima sobre mis párpados...Me sentía solo y lo peor de todo aquello era que quizás me gustaba estarlo.

      No fue hasta que un día, cuando conocí a una persona de la que nunca me olvidaré ni aún si pasan cien mil años. Sabía, estaba seguro que no me mentía al decir que me había estado buscando a lapsos de su existencia, que me había buscado por cielo y tierra, removido océanos... Pero también era consciente de que al que amaba tanto para mí era alguien inalcanzable, que eramos simple y llanamente como el sol y la luna. Distantes, lejanos...Pero a la vez tan brillantes. Él tenía luz propia, era el mismísimo sol, aquel que iluminaba, que calentaba mis días y yo era la dichosa luna, yo consciente y tímido me lanzaba el manto de hojaplata que había forjado mi olvido y me abrigaba a él, reflejaba la luz de todos los demás, me sentía un poco más vivo pero nunca ese calor se paraba en mi, ni por un segundo.

      No era yo quién sentía su calor, no estaba dedicado a mi y cuando menos me lo esperaba y salía a buscarlo, él ya había desaparecido.

      También sé que fue el último momento que mis párpados vieron su reflejo, que la luz de los astros ya no colapsaron nunca más en mi, que mi corazón mis ojos y mi vida, había dejado de brillar. Ya no estaba solo, nunca más, no estaba con él, jamás. Pero no podía mirar por mis sentimientos, clamar por mi no soledad, gritar quejoso y desagradecido el brillo y el calor que una vez sentí sin poder darme el lujo de sentirlo.
      Miraba al cielo, era uno de esos días en los que no se espera que el sol salga, en el que lo ves todo nublado por espesas capas de niebla y oscuridad. Se había ido, había marchado hacia un lugar en el que yo no era capaz de observar nada, un lugar tan brillante que mi mente distorsionaba. Una realidad que dificilmente podía aceptar.

      El país de la Libertad. América.
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It's a Jersey Thing.


    • Con esto termino mi primer rol.
      Creek con Kasu.
      -
      Oscuridad. Al cerrar los ojos era lo único que podías ver, con la esperanza de que alguna luz cegadora diese paso a una bella vista o a un hermoso paisaje. Al abrir los ojos lo único que se encontró fue un pasillo. Blanco, puro, sin nada que le hiciese temer o echarse atrás, sin nada que le hiciese volvese cobarde por unos efímeros segundos. Parpadeó, y al hacerlo un líquido marron goteaba de las paredes. Torció la mandíbula, notando como su pecho vibraba y sus pies se movían solos por todo aquel pasillo. De nuevo sus pestañas y parpados se movieron, temblando hacia debajo y al hacerlo sus pasos se escucharon más fuertes y pesados sobre el suelo. Miró sus pies y levantó la mirada, encontrándose con varios relojes. Era curioso, jamás había estado en un lugar así, era increible y algo irreal a la vez. Volvió a parpadear, estando ya cerca de uno de estos relojes, sintiendo como una de sus manos se elevaba ella misma, siendo practicamente arrastrado hacia el interior de uno de sus relojes. Todo se volvió oscuro, pero esta vez se pudo oír un grito más que conocido en sus oídos. De repente, ya no existía nada de esa pureza a su alrededor. Miró sus manos, temblorosas como ellas mismas, llenas de sangre. A sus pies un cadaver, asesinado de la peor manera posible, descuartizado, envuelto por litros de sangre. Miró a su alrededor, un sudor frío recorrió su cuerpo de arriba abajo. La calle estaba desierta, exceptuando un pequeño kiosko de la esquina, que hasta en los días festivos abría. Corrió, pero todo se iba haciendo más enorme a su alrededor, más inmenso y vacío. Sus nublados ojos divisaron una silueta a lo lejos, alguien de cabellos rubios que ni siquiera se esforzaba en dirigir la mirada hacia él, que gritaba y gritaba sin poder oír su voz. Aquella silueta era conocida, aquellos movimientos lo eran, mas ahora parecía ser todo una farsa, una burda mentira.


      Había despertado rápidamente de una realidad ficticia, de un sueño que no lo era, pero una vida imaginada. Siempre en toda su vida, había estado pensando en la importancia de los defectuosos sueños, en las oportunidades que puede ofrecer el elegir algo o no hacerlo. Tu vida, realmente se basa en un juego -Pensaba- Evitando aquel hecho en el que a veces parecía recobrar algo de sentido para al momento no tenerlo de nuevo.

      En si, la vida era pensamientos de un niño de ocho años con la debilidad de escoger entre un helado de menta o uno de limón. Ese niño siempre iba a la misma heladería, observaba ambos sabores durante un buen rato y antes de decidirse guardaba aquellos cincuenta peniques y volvía a su casa con las manos vacías. 

      Aquel mismo niño era el que se encontraba de pie, siendo apresado por las fuertes manos de un padre con miedo, comenzando a correr y dejando estas atrás para alcanzar a su tan amada madre que se iba de su lado. En la cabeza del niño, una imagen mental de él alcanzando la desesperada mano de su madre y consiguiendo finalmente quedarse junto a ella se dibujaba, pero en otro lugar, una imagen de él perdiendo uno de sus zapatos mientras la alcanzaba quedando atrás y viendo el tren partir mientras su desesperado y asustado padre se acercaba era otra. 

      Así es como era, un niño de ocho años puede escoger, pero si no lo hace puede imaginar qué hubiera pasado. Porque aquello era como ser dios, producir en tu imaginación o qué sabe qué el producto de las consecuencias elocuentes que habría ocasionado el elegir o no tales cosas o actos. 

      En una de ellas, Un niño de sombrero azul con una pequeña bola amarilla que lo coronaba como tal montaña con su cumbre, miraba sus manos aterrados. Sus cabellos eran negros, la sangre que quizás pudiera ser el producto de tan macabra situación corría calle abajo, y él...Él continuaba parado observando con sus verdes ojos las posibles vidas de un niño de ocho años que no consigue decidirse entre un helado de menta o limón.

      Finalmente dejó caer sus rodillas sobre el áspero y frío pavimento, tapando su cara con sus propias manos ensangrentadas, cayendo de nuevo en la oscuridad. Parpadeó y se vió así mismo entrando en otro de aquellos relojes. Sintió un golpe en la sien. Nadie se había atrevido antes a golpearlo sin acabar mal de la cabeza o en encarcelado en un manicomio. Sintió como presionaban su cabeza, como, personas desconocidas, hacían que sus ojos lloriqueasen de dolor. Intentó elevar la mirada, mas le fue imposible. Escuchó unas tenebrosas sonrisas, miles de torturas y formas de asesinar a alguien, despiadadas, llevando el adjetivo "Hijo de puta" después.


      ¿Qué era aquella sensación? Sintió como su corazón se encogía, como por unos momentos dejaba de latir al ver como un pequeño marco de fotos caía al suelo y se partía en mil pedazos. Uno de ellos se estampó en su cara, inevitablemente arañándola así. Después moriría. 

      Rodó los ojos, sus pupilas se dilataron y aquel sudor volvió a inundar cada parte de su cuerpo. La leve luz de las farolas de la calle atravesaba los cristales de su ventana, impactando con el de aquel marco de fotos. Perfectamente se sabía que en aquella foto sólo estaban dos personas, uno de ellos llevaba un gorro y portaba una expresión de mal gusto, fingida pero alegre. De la otra persona sólo se veían unos mechones de pelo y una camisa desabotonada. 

      "Moriré." Pensó, para después escuchar como alguien aprietaba el gatillo, optando por una de las fáciles soluciones. Cerró los ojos y esperó, un ruido sordo era todo lo que pudo haber oído.


      Sonrió, El miedo era una sensación maravillosa, absolutamente demente, culminante el momento en el que los ojos de tu rival, de la persona que odias, de la que amas, a la que le debes la vida, de tu amigo de toda la vida o simplemente de una persona que no conoces, que nunca lo has hecho pero en el fondo finges conocer se parte en mil pedazos, justo como un cristal. 

      Cuando una simple vida parece un retazo de estúpida humanidad, la cual cargada de odio, demencial y estúpida carga con el peso de una historia que ni el más antiguo de los hombres ha podido cumplir plena y enteramente. Cuando realmente crees que aquel es el final, que está agotado, que aquella sensación es la dejadez de sentirte a ti mismo no queriendo hacer algo pero haciéndolo por simple obligación. Cuando la tuerca del destino se ve tan malditamente apretada que todo parece una estúpida coincidencia.

      Pero no existen tales hecho, no por escogerlos o por limitarte a vivirlos, simplemente no hay algo en la mente humana lógica y moral que no se pueda alimentar de las burdas mentiras que cala el ánimo de personas que verdaderamente su vida son ratazos de sueños rotos convertidos en memorias deshechas por el tiempo.

      Como un hilo de una bufanda, de tu bufanda favorita, la que más amas de todas, la que más calor te da cuando está ahí, enroscada puramente en tu cuello como si no ocurriese más acto que aquel simple. Una prenda cubriendo carne pálida de muerto. Pero entonces te das cuenta que aquella bufanda es de una mala tela, que todos los años no has hecho más que ocasionar aquel fatídico día en el que finalmente todos los hilos se encuentren esparcidos por el suelo y tú llores.

      Inevitablemente, como si por cada lágrima un pedazo de vida escapase de ellas. Un sonido sordo, demasiado grotesco para caracterizarse de tal, sonó por todo el lugar. Los sesos de alguien manchaban el puro suelo cubierto de esponjosa y fría nieve. 

      Veías esos ojos, pero el rostro que finges conocer se parte en mil pedazos.


      ¿Aquello era el fin? ¿No había nada más que hacer? ¿Qué sería de él de ahora en adelante? ¿Alguien que dejó escapar su vida sin ser nadie y murió siendo nadie? Preguntas, eso era todo lo que podía pensar. Ni siquiera creía estar pensando aún, después de todo, una vez muerto ya no podías seguir siendo una persona. 

      Quedabas como el más mísero recuerdo en lo que fue unavida. El más allá no existía, ni el cielo ni el infierno, ni siquiera Satan al que una vez creyó ver. 

      Sintió como el aire se escapaba de sus pulmones. Elevó las manos y tocó una madera áspera. Sin poder creerlo se removió débilmente. Estaba encerrado en a saber Dios que. Movió las manos de un lado a otro y lo único que pudo seguir tocando fue aquella madera helada. Su pecho comenzó a vibrar, a elevarse y bajar de una manera más y más rápida. Como si la experiencia más normal que jamás habia vivido escuchó de nuevo unas risas, esta vez más animadas.

      "Al fin, ¡al fin podremos bailar sobre la tumba de Craig!" "¡Ese jodido gilipollas la palmó!" "¡Nadie volverá a quitarme el desayuno de las mañanas, yay!" ¿Craig? ¿Quién era ese? ¿Acaso se referían a él? Él no estaba muerto, ni siquiera se podía considerar un espiritu pues sentía y respiraba dentro de aquel trozo de madera. "¡Agh! ¡P-por fin!" Escuchó esa voz otra vez, no podía estar alegrandose de que él estuviese muerto. No lo estaba. Gritó, golpeó con la mayor fuerza de sus manos, pero su ataud estaba más que enterrado. Profundamente. El aire ya no llegaba a sus pulmones y mucho menos podía notar un ápice de calor en su cuerpo, sólo el roce que provocaban los gusanos colándose en ese traje de chaqueta que jamás se había puesto.


      Aquello era como ver desde una panorama que jamás hubieses o deberías haber pensado harías, como observar desde unos ojos que dichosamente no eran tuyos o simplemente notarlos hervir frente a estos como almas de simples mortales condenados a la penumbra tras un acto de semejante locura y desesperación. Los latidos sonaban y él podía escucharlos. Latir, latir...Como si toda una vida estuviera dedicada a ella.

      Algo fallaba, cerró los ojos. Hierve, duele, escuece...Maldito. Los luceros verdes lucían como el pasto recién lloviznado, como la discolada pasión de dos amantes bajo un hermoso olivo de flores grises y frutos puntiagudos. Cuchillos. La lluvia espeluznante de millones de disparos siendo tirados unos tras otros en linea recta como si la desesperación jugara con los sentimientos de una persona que nunca tuvo la suficiente cuerda como para hacer andar a uno de esos pequeños coches de carreras con manecillas plastificadas y milagrosas que duraban dependiendo del esfuerzo puesto en el giro. 

      Cuestión de muñecas. Era un juego después de todo, debía tener una especie de truco, como un R2 Círculo triángulo que sirviese para ejecutar el versus mod y conseguir finalmente todas las misiones sin tener que librar guerra con medio mundo. Saltaba, dios sabe quién fuese estaba saltando en un tablón de madera cubierto de flores y pese a la dedicación de aquel salto y la alegría que transmitía, aquella persona lloraba. 

      Era obvio pues pequeñas gotas que no eran nada, escapaban como mortalizadas en aquel momento de sus ojos, evadiendo las respuestas anhelantes de una vida sin más que realidades o realidades expuestas al factor al cuadrado en una fracción demasiado compleja. 

      Como hallar el valor inestimable de Pi.

      - Te amo - No era cierto, siquiera sus oídos podían escucharlo verdaderamente, aquel grito se volvió susurro y el susurro se olvidó. - Por fin - Acreditaba, ahora sus ojos veían tres niños, demasiados felices felicitando sus fingidos rostros de empatía en un cementerio. Descansen los muertos, los vivos... Continuen viviendo.


      Lo último no era un reloj, en absoluto. Al final de pasillo yacía una puerta oculta entre el blanco recubrimiento puro de la estancia. La puerta estaba abierta, por lo cual sube que se trataba de una o de lo contrarío, aseguro que siquiera me hubiera dado cuenta de la importancia diminuta e inexistente de aquel acto. Entré, ya saben, pues el humano es un ser curioso, al cual le aplasta la intriga con el peso de la inevitable verdad. Jamás se me hubiera ocurrido tal patraña, yacía mi cuerpo con más vida que nunca cubriendo con una de sus manos un rostro ajeno, unos cabellos rubios retumbaban en mis retinas ocasionando aquella luz casi invisible. Allí me encontraba yo, mis cabellos negro estaban despeinados y él, mi amigo o lo que yo creí hubo sido, yacía inconsciente, sin vida aparente, con los labios entre abiertos...Y eso era todo. Él, quien no supo valorar su vida, quien no se molestaba en tratarlo de una manera especial... Craig, quien ahora lo tenía en sis brazos, quien sujetaba su helado cuerpo, muerto de una manera u otra. Apretó los labios, quizá todo estaba pasando tan rápido. Quizá sólo eran imaginaciones suyas, quizá sólo una broma, pero Tweek no se movía. Ni un poco. Por más que lo zarandeaba no reaccionaba. Susurró su nombre varias veces, alzando el tono de voz en cada bocanada de aire. 

      Parpadeó, y cuando volvió a abrir los ojos el rubio comenzó a moverse rápidamente, como si combulsionase. ¿Eso era una buena señal? ¡Nunca había visto morir a nadie! Continuó zarandeandolo más fuertemente, gritando cada vez con mas desesperación su nombre, dejando escapar lágrimas de agonía por sus ojos. 

      - Hah... hah... -Levantó fugazmente su cuerpo, quedando sentado sobre el mullido colchón de la cama, notando la suavidad de las sábanas. Todo había sido un maldito sueño.


      Finalmente, tras el último suspiro de la última de sus posibles vidas como humano, aquella había sido la que finalmente cerró el círculo de lo alocado e inmoral. El susurro de varias voces inundó su cabeza, más sin embargo tan solo cerró los ojos, como si no fuera con él. Aquello terminó de molestarle.

      En una de sus vidas era un simple pasajero, no quería, no estaba contento con vivir aquel retazo de sueño de aquella manera, por lo cual intentó algo alocado, no lográndolo, muriendo casi en el instante. El siguiente sueño no fue más de lo mismo y siquiera sabía si llamarlo de verdad sueño o no hacerlo. En una de estas se volvió tan loco que despertaba cada mañana con un calcetin negro y otro blanco, obviando el pequeño detalle que cada día intercambiasen colores entre si.

      Aquello no era malo, simplemente no todo lo posible entre una vida de oportunidades en las que tienes que escoger o morir en el intento. Finalmente siempre fue igual, pero a su edad y varios inútiles, azorados y desgastados intentos, dándose cuenta de lo inútil de sus acciones, finalmente esbozó un tímido sonrojo al aire  de una persona inexistente, hacia aquel vaho que no sabes de dónde proviene pero en el cual pintas con tus dedos en una mañana fría de Diciembre.

      Fue cuando finalmente al darse cuenta de los hecho, de su inevitablemente muerte, lamentable y casi esperada del todo, se había dado de tal situación que había dejado a todo su gobierno interno sin idea alguna. Aquel niño de ocho años aún estaba indeciso, la vida se escapaba por momentos.

      Entonces suspiró, susurró a la mujer frente a él algo que siquiera él mismo había escuchado, absurdo e irracional. Se dio la vuelta, algo sujetaba con su mano. Vio a aquel niño, hacía el rostro que fingía conocer y que en el fondo, muy hacia sus adentros, sabía que hacía sonreir.

      -Te decidiste - Dijo él, esbozando en su infantil y casto rostro una sonrisas, sus cabellos rozaron por un momento la pequeña nariz. Yo hice un amago, él se acercó algo más a mi - Café - Lamió, lo que a mis años aún no sé concordar, un helado de color castaño. Mi mente retrocedió y entonces parecí comprender.

      Sus labios rozaron los míos, sujeto mis manos y se acercó algo más a mi, al rato separándose, di otro pequeño mordisco a mi dulce helado. - Fría, tu nariz - Como siempre supuse, mis manos por el contrarío aún se encontraban cálidas, en mi mente carmesí.

      Fin.






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Es suficiente.



    • Dame la mano y movámonos. Vivamos como queramos, lejos, donde nadie nos conozca ni nos encuentre. Vivamos en la montaña, en medio de la nada. Hagamos un pequeño nido de amor donde no quepa más que tú y yo. De repente chasquea los dedos delante de mi cara y automáticamente subo la vista, cerrando los puños de golpe, dejándome llevar por mis ideas, tan diferentes a las que pude haber tenido hace tres puto días.

      – ¡Contéstame joder! – Me suplica de pronto. Abro los ojos al distinguir con la repentina claridad su rostro, que muestra una mueca angustiosa y su voz, ahogada describe lo que siente ahora. Un miedo que le mata. Desvía la vista y se lleva las manos a la cara, hundiéndose en ellas mientras suelta rugidos ahogados. – Dios mío… - Le oigo murmurar entre sus dedos. No sé que hacer, me contagia su miedo. No aparto la mirada de él, creyendo imposible el hacerlo. Mis pensamientos acerca de la huida me parecen horribles al momento. Atroces, imposibles, utópicos. – Me pierdo Alfred, me estoy perdiendo. No consigo mantenerme a flote, - me mira – Ayúdame. – Me suplica. Solo se me ocurre una cosa. Le abrazo al instante.

      No puedo hablar, es mejor no hacerlo, solo le abrazo. Y lo hago con fuerza para que sepa que estoy aquí, para que sepa que no voy a abandonarle. Para darle confianza, una confianza que me hace temblar. Me siento sobre pilares que parecen de roble pero que en realidad son de barro, desde que llueve un poco se humedecen y se deforman haciéndome caer con ellos. Sí, le abrazo con todas mis fuerzas, clavando mi cabeza en su hombro, haciéndole mío de otra manera. De una manera más profunda, más allá de la carnal.

      - Arthur no me hagas esto. – Le suplico con los ojos fuertemente cerrados. La realidad vuelve a golpearnos. Vuelve a hacernos infelices, a hacernos dudar, a torturarnos con inseguridades, con miedos que nos roen por dentro y nos hace sangrar heridas que hemos reabierto. Heridas que obligamos a cerrar en su momento. Es así como nos sentimos, es así como me siento yo, como se siente él. Me siento mal de pronto, me siento mal por romper su pilar que a veces me parecía de acero. Me siento tan mal de pronto que incluso deseo borrar todo lo que ha pasado, olvidarlo, volver al principio solo para verle sonreír, solo para verle burlándose de todo, para verle sereno e inmutable. Esto es lo peor, lo peor porque nos hundimos juntos. Lo peor porque me hace pensar que lo mejor es separarnos, aunque no desee hacerlo. No, no quiero hacerlo. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo puedo ofrecerte un hombro que no existe?

      - No quiero perderte. – Le oigo decirme desde mi hombro mientras siento sus manos clavándose a mi espalda. – Quiero tenerte, quiero estar contigo. Siempre… - Sus labios rozan mi cuello y comienza a besármelo. Me separo al instante, recibiendo una descarga que me devuelve la poca fuerza que tengo. Le agarro fuertemente la cara y choco mi frente con la suya. Nuestras respiraciones se chocan ahora y siento una lágrima ajena mojar una de mis manos. – No hay lugar para nosotros en un mundo como este. – Murmura con voz ahogada.

      - Cállate. – Le suplico con tono autoritario. Gime y le siento tragar saliva. - ¿Por qué dudas ahora? – pregunto confuso - ¿Por qué me animaste a esto si ahora caes conmigo? – Le siento negar con la cabeza.

      - No aguantaba más. – Absorbe por la nariz. – No podía dejar de sentirme aplastado, estoy quemado por todo esto. No he conseguido curarme nunca, estoy cansado. Solo quería… no lo sé joder… no lo sé. – Le acaricio la cara con las manos y al oírle, me atrevo a decirle lo que pienso, me atrevo a proponerle algo que me tienta y que a la vez, me parece absurdo.

      - Huyamos. – Digo solamente. Le oigo reírse y a la misma vez llorar. Se aparta al momento, deshaciendo mis manos. Se seca la cara con rapidez y coge aire.

      - No digas gilipolleces. – Contesta a mi proposición. Su voz suena firme y me convence de que sí, es una gilipollez. Un cuento de hadas para niños soñadores. Esto no es un cuento de hadas, y nosotros no somos niños soñadores. Puede que ese sea su problema, puede que sea el problema de ambos. Que no soñamos ni nos dejamos soñar.

      - ¿Qué somos? – Le pregunto. Me mira y frunce el ceño, ya de vuelta en sí. – Tú y yo… ¿qué hacemos? ¿Qué es esto? ¿Instinto? ¿Locura? ¿Masoquismo? – Sí, eso debe de ser. Somos un par de masoquistas, no solo por el hecho de huir de la verdad sino también por el hecho de aceptarla. Las dos bandas nos hacen daño y no nos queremos apartar de ninguna. ¿No es cierto Arthur? ¿Eh, hermano?

      - Desgraciados. – Me responde con voz lenta, bajando la vista y alcanzando mi mano sobre la arena. La acaricia con sus dedos largos con suavidad. – Desgraciados que elijan lo que elijan, no van a dejar de serlo. – Nuestras miradas se encuentran, sus ojos brillan lagrimosos y sus labios, húmedos por unas lágrimas traicioneras, me dicen: - Finjamos. – Parpadeo con lentitud y suspiro, desviando la vista al mar. Sintiendo su tacto, su pequeño gesto, de nuevo gratificante. Así están nuestras mentes, confusas, bipolares, de repente al sí, de repente al no… y afecta a nuestras emociones, a veces fuertes, otras débiles.

      Dejándonos llevar por los sentimientos del momento lo vamos a pasar mal, pero no se lo digo porque de nuevo está bien. De nuevo parece ver luz en este túnel tan largo, oscuro y sin salida. Suspiro, aliviado. Él sigue con su proposición, descartando absolutamente la mía. – Guardemos las distancias en público, seamos bloques de cemento a la vista de todos, seamos así en silencio. Dentro de cuatro paredes, donde nadie nos vea. –

      Vuelve a pasarse una mano por la cara, llenándosela con un poco de arena y desviando la vista al frente, al horizonte iluminado, rompe el contacto físico y visual conmigo. Me limito a imitarle, a mirar al frente. A asentir en silencio, resentido, sin ver más opción que esa. Al menos me quiere mantener a su lado. Es suficiente para mí.
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Me gustaría...

    • No...Sabría que decir si no fuese de aquella manera. No tengo la confianza ni tampoco la autoestima para decir que no me pasa nada. Porque simplemente, ni yo mismo puedo creer en eso. Me siento tremendamente solo, no puedo forjar alianzas con nadie y es eso. Pero está bien ¿Verdad? He pasado todos estos siglos yo solo, he combatido, he salido herido muchas veces. Estoy acostumbrado a caer y rasgarme las rodillas. Puedo seguir como todos estos años, permaneceré al frente, me mantendré firme y con la cabeza elevada. Aún si desde aquel día, la lluvia ruidosa y húmeda no se ha borrado de mi cabeza.


      Pues actualizo ahora, al fin algo productivo, o eso creo.

      He pasado casi cuatro días alejado del mundo, así que ahora que el mundo está alejado de mi esto más que satisfecho y tranquilo. Por otra parte no, claro está. Porque sé que no puedo estar sin una personita que llena de luz mis días más oscuros.
      Pero a ratos, no todo es tan sencillo y aún si nada hay de mi.

      Las dudas, a mi pesar, siguen nublando sus sentidos.

      Dejando aquello de lado, he pasado los tres días más...Animados por decirlo de alguna manera de mi vida. Porque a cada rato veía a un negro o a un inválido caminando por la calle. Bueno, caminar... xD.
      Me gustó especialmente un espectáculo en una fuente de colores. La cual se movía -El agua- Al ritmo de la música. También decir que odio a un catalán más que a un pelirrojo.
      Para mi desgracia, también, justo fui de vacaciones a Bcn el día de la Diada de l'Onze de Setembre.
      Se supone que es el día de Cataluña y que por eso hay banderas catalanas por doquier.

      Me gustaría pensar que todo estuvo bien durante mi viaje, pero no puedo hacerme a la idea, sin mi punto de vista. De que mis amigos me echasen tanto de menos.

      Pero si bueno, soy solo alguien más, no soy nadie especial para nada. Eso me hace querer plantearme algunas cosas.

      Igualmente Cataluña será un lugar que pocas veces voy a visitar y no porque no pueda, más que nada porque aborrezco el orgullo Catalán con todas las letras. Después de todo el año que viene, me espera un crucero... ¿Soy afortunado? Nada, nada...Solo un poco. Estaré toda una semana fuera, para ese entonces, podré hacer algo de mejor provecho.



      Entonces, me despediré con esto.

      Han sido, sin duda alguna, unas geniales vacaciones.
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Royal máxima potencia.

    • Ayer, domingo día cinco de Septiembre, aprovechando que recién ya se acaba las vacaciones fuimos al hotel donde trabaja la madre de uno de nuestros amigos.Fue un día genial, de hecho me lo pasé tremendamente bien y comiendo mucho, sobre todo, por supuesto viendo a mis queridos niños shotas rubios. De hecho, aún recuerdo a dos chicos rubios que eran hermanos y se le veían muy cercanos -Baba-  




      De cualquier manera, me quemé la cara y los hombros. Será que el estar tan blanco no es algo que no se note. En fin, olvidad eso último que no tiene sentido. La cosa es que fue un día condenadamente genial. TODO GRATIS.
      Con eso no digo nada y lo digo todo.
      Ya veis.


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Lo tan esperado.

    •  Pues me faltaba, realmente... Actualizar sobre como fue toda la wea de la quedada en la cual, nos dejaron todos tirados y solo acudió Law. Cosa que realmente, fue un alivio. Ese chico es un random con el que siempre tengo conversaciones tan chorras que puah... Pero su próximo proyecto es meterse al WoW, conmigo. Estoy formando una secta, ya veis.

      La cosa es que le conocimos y bueno, un amable chico, sin duda. Estuve con mi amada. -Veasefotocofcofgordodeaméricacofcof- todo todito el condenado día. Me lo pasé genialmente bien, fue awesome, sin embargo, mis pies no opinaron lo mismo.

      Ahí queda eso, hay que repetir, eso sí.











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