El tiempo.

    • Mientras nos despeñamos nos tomamos de las manos una última vez. No hay nada que decir, tu mirada me embarga y puedo descifrar y creer en lo que tú crees. Es cierto lo que me dices con los ojos, comprendo el brillo y las lágrimas ausentes que no quieren darse a conocer. Lo entiendo, lo sé.
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Insomnio.

    • Ayer, igual que hoy y como viene pasándome desde hace dos años, tengo mucho sueño; pero no puedo dormir. Me he levantado temprano sin pegar ojo en toda la noche y me he sentado en el sofá rojo de cuero desgastado de siempre. He mirado tres horas fijamente hacia el techo y finalmente, cuando ha sonado la alarma me he levantado, duchado y hecho un té de cebada y orégano.

      Hoy, como viene pasándome desde hace dos años, tengo insomnio.

      Cuando tienes insomnio la vida pasa a  tu lado como una desconocida vestida de blanco, los días se suceden sin que te des cuenta, olvidas las cosas que pasan a tu alrededor y te cuesta mucho concentrarte, además de tener la mayor parte del tiempo, un humor de perros.

      Sin embargo no me siento cansado.

      Me levanté y me miré al espejo después de quitarme un pijama de rayas y lleno de agujeros. Había perdido mucho peso en los últimos años.
       Debí tener la mirada mucho tiempo ocupada en el reflejo, porque cuando me di cuenta de que seguía ahí parado y sin hacer nada, sentí un dolor en el estómago que se mudó a algún lugar de mi pecho. 


      Yo recordaba muchas cosas en noches como aquellas, que sin duda eran largas y se postraban despiadadas para mí. Tratando de ocupar mi mente con algo, sólo recordaba. Me venían a la cabeza muchos momentos y muchas personas. Los lugares que había visitado y lo mal que me sentía respecto al mundo. Había veces que recordaba un poco de ella también y aunque era difícil; pues a penas ya podía recordar su cara, aún provocaba en mí la misma sensación que cuando la conocí, debió haberme causado.

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Contigo.

    • Tómame la mano y movámonos juntos. Emprendamos viaje hacia un mundo que desconozcamos y pongámoles un nombre. ¡Sonriamos! Hagámonos viejos y recordemos momentos pasados al lado de nosotros mismos. Abracémonos y dejemos pasar el tiempo, tomémonos de la mano sentados en un banco. Y luego, cuando el tiempo de estar contigo y tú conmigo haya pasado, muramos juntos, abrazados mientras aún nos amamos.
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El canto de las cigarras.

    • Descansó la vista en algunas amapolas que yacían desperdigadas por el camino de vuelta a casa. Había sido un día largo y había tardado en llegar la noche lo suficiente, pues el verano había arribado con notables ganas de quedarse. Tenía los ojos desperdigados en el paisaje que se sucedía al ritmo de sus pedales, despacio o rápido, lento o precipitado. Admiraba como no cambiaba ni un ápice a su paso. Escuchaba con no demasiada atención el ruido de los grillos y las cigarras entre los arbustos a ambos lados del camino. Hacía un calor infernal.

      ¡Era verano! Después de todo, tocaba aquello, y sin duda había llegado tan rápido y siendo tan esperado que le había parecido que nunca había sido invierno. Es extraño, porque aquel año habían habido muchas lluvias y temporales, pero se sentía como si no fuera capaz de recordarlo. Echó un poco vista atrás y se observó a si mismo anhelando el invierno de vuelta. Aunque, su estación favorita, para ser francos era el otoño. Le había parecido siempre, pese a opiniones contrariadas, una estación maravillosa y también increíblemente hermosa.

      Le gustaba pasar por su patio a ver las rosaledas y los árboles caducas quedarse desnudos y agitarse bajo el manto del invierno que entraba de puntillas; como el ligue de una noche que sale de tu cama y te deja desnudo nada más sale el día, y tú, te quedas dormido. Para ser sinceros, él era un hombre de pocas palabras, pero le encantaba observar las cosas. Jamás se arrepentiría de quedarse callado sin dirigir palabra a nadie por ser capaz de observar tan bien cosas maravillosas. Tampoco le echaría para atrás la consciencia de ser aquel motivo de no tener demasiados amigos. Así que, pedaleaba con la fuerza que le daba su cuerpo. No hacía mucho que se había empezado a dedicar a ello y quizá había tardado mucho en hacerlo, para ponerse justo en aquella estación, con toda la calor y justo cuando el Sol está más algo. Tampoco estaba en forma, no lo suficiente y se cansaba con mucha frecuencia.

      Norman cerró los ojos y paró el vehículo de dos ruedas con sus pies, haciendo ruido y llevándose piedrecillas por delante, hasta que se quedó completamente sin ningún movimiento aparente. Se levantó del sillín, tumbó la bicicleta en el suelo y tomó una larga y tranquila calada de oxígeno. A veces, uno debía disfrutar del placer que provocaba estar solo.
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Noche de tormenta.


    • ¿Recuerdas cuando te metías en mi cama a causa de las pesadillas?

      Siempre decías que era sobre lo mismo.

      Caías.

      Pero decías que no era como si fueras a caer sobre algo, sólo caías. Yo no lo entendía, pero tú temblabas como una hoja. Era la sensación de hundirte en miseria por perderlo todo. A mí, a padre y a madre. Cada vez que tenías esas pesadillas estabas a punto de llorar.

      Así que te dejaba dormir conmigo, bajo la luz de la luna, sosteniendo mi mano.

      Tus ojos estaban muy abiertos y brillantes, casi como si buscasen algo. Creo que jamás había visto tanto miendo en mi vida. Pero sonreía para hacer que te sintieras mejor y te decía: "Si notas que estás cayendo, despiértate, voy a estar aquí, siempre estaré aquí, hermano."

      Y siempre caías derecho a dormir.

      Ahora, soy yo quien tiene pesadillas. No sobre caerme.

      Sino dejándote ir.
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Alzando vuelo.


    • Levanto mi maza contra el mundo, la maza de castigo y decepción. Ejerzo como una fuerza que absorve, dejo fluir mis pensamientos e ideales a través de ella. Someto, aplasto y detesto. Dejo sobre los hombros de más hombres lo que los míos no quieren gozar de llevar.

      Mato, asesino y no me compadezco de mí y mis recuerdos, después.
      Sonrío y salgo a la calle, miro a mi esposa y le vuelvo a sonreír. Ella es una buena mujer, una mujer que jamás se atrevería desobedecer mi palabra y que en cambio, hace lo posible por llevarla más lejos. Jamás me cansaré de pensar que es una buena mujer. Sabe planchar los calcetines de maravilla y también hace un guiso de calamar riquísimo, me da lo que le pido.

      Sin embargo, ¡Pobres idiotas! Aquellos tontos que no se dejan doblegar por mi reinado, aquellos a los que nada le es suficiente e intentan salir a la calle, gritar y deneterlo. Jamás supe cómo ha de sentirse estar en lo alto, pese a intentarlo de buena gana tantas veces. Ahora lo sé.

      Tengo las manos manchadas de sangre, las gotas fluidas y líquidas han manchado mi rostro y ropa también, pero sigo como siempre. Algunos dicen prepotencia y llenan sus bocas de palabras burdas que no entienden. Pero aún así, levanto mi maza de poder y orgullo sobre el mundo.
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Una persona que no sabía bailar.


    • Echó ambas manos sobre su cabeza, mientras un poco amargado y sentado sobre el sofá de una casa que no era la suya; escuchaba la melodía que sonaba de fondo. Era una canción bonita, aunque él no era un experto crítico en el mundillo musical era consciente de lo que podía gustarle a un oído y lo que podía resultarle súbitamente atonal. Era una balada Adagio a piano, tocada con tanto sentimiento que sentía que las lágrimas escapaban sin lugar a donde ir mejillas abajo.

      Miró al reproductor en el que no paraba de sonar aquella melodía y sintió impaciencia y desazón.

      Cuando supo que ya sus ojos no servirían más de contenedor para las lágrimas que querían salir, se levantó y fue a abrazarle. Fruto de sus lágrimas nació el dolor con el que sus brazos envolvieron al moreno amigo y amante desde hacía rato. - Te amo. - Murmuró, con la voz amarga y quebrada; siendo retenida y apagada por la ropa del otro, que también le abrazó.

      - No seas tonto. - Escuchó.
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Partes de otro conjunto.

    • Bajo la funcionalidad absurda de la desesperación y el orden del desorden que nos une. Bajo las estrellas brillantes y nocturnas, palpitantes que el cielo omnisciente detiene. Sobre tu mirada, sobre las sonrisas y los gestos. Sin ceder ante el posible encuentro que posiblemente no se de; nos olvidamos.

      Agacho la mirada y dejo de observarte. Hace dos años que nos conocemos y hace tan poco que podemos lucirnos de hacerlo, que me mata. Sueño que dejo de dormir y te veo, aunque en la realidad apartaría el gesto y dejaría de hacerlo; pero en mi sueño me miras, clavas tus pupilas en las mís y me preguntas cosas con los ojos, cosas que no entiendo y me aterro de la posibilidad del hecho de que quizás debiera saberlo.

      Entonces despierto, ya no son dos años simples y curiosos de encuentros, ha pasado casi una decena de ellos y aún en tu mirada busco y hallo cosas indescriptibles. Me encuentro algo perdido y no puedo preguntar por dónde debiera salir, qué debiera hacer para liberarme o si realmente estoy retenido en este sitio.

      A veces yo también me pregunto muchas de las cosas que probablemente tú te preguntes. ¿Qué soy? ¿Qué eres para mí? ¿Qué somos? Y si ese es el caso, si lograse hallar respuesta para las dos primeras preguntas; ¿Podría decirse que somos? Porque si no fuera así e hiciera tiempo que dejamos de serlo, no hay motivo por el que ahora, al abrir los ojos, te vea tumbado con gesto sereno sobre mi almohada.

      Así que ahí me encuentro. En una especie de repetición de situaciones incómodas y momentos de infarto. Fijando como blanco de mi mira a tus castaños.
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Desde martes, con jaqueca.

    • Hasta lo que hubiera pensado cualquiera, incluso en aquel lugar tan inhóspito dentro de su cabeza, era que aquella suya, había sido una hazaña sin igual. Se había alzado el peto empolvado y había mirado con grandeza a todo su alrededor. Caerse era una de las virtudes de la vida y para alguien que trabajaba en el negocio de la ingeniería aerotécnica del arte de arreglar tejados, era algo casi común.

      Se acicaló un poco con las manos llenas de grasa, la cintura del pantalón; y aunque la manchó, la dejó en su lugar y algo menos llena de polvo que hace casi nada, un rato muy pequeño. Miró con ímpetu a la escalera que no ayudaba nunca en nada e inconscientemente le echó la culpa por ser tan mala compañera. "¡Oh, no no no! Eso no se hace, vieja amiga. ¿Pero qué digo? ¡Amiga tú! Con amigos como estos, para qué querer enemigos..."

      Casi mantenía una pelea con la pobre vieja y desdentada escalera y hubiera continuado, oh sí... Lo hubiera hecho encantado, incluso le hubiera alzado la mano a no ser que no hubiera llegado aquel hombre tan apuesto, con una pajarita enroscada en el cuello blanco de su camisa y una mirada casi de fábula. "¿Pero qué hace?" Escuchó y al pobre hombre de peto desarreglado casi le pareció que se le paraba el mundo y daba un vuelo. "¿Que no ve?" Dejó caer, como si todo el mundo peleara normalmente con escaleras y desaliñadas caídas tontas y antes de que pudiera proseguir, aquel hombre de camisa pulcra y gafas con cristal oscuro, comenzó a reír alocadamente.

      El hombre del mono engrasado también dejó escapar una tonta risa de sus labios, casi sin pensarlo y antes de saberlo, se había enamorado. ¡A primera vista! Como en un cuento.
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Ratón Ahogado

    • Y en tus ojos me perdí, porque eran infinitos.

      Como un ratón, estos eran pequeños y agudos y dentro de ellos podía observarse el miedo, corriendo de un lado a otro en el interior de esos ojos y te veía a ti, que parecías realmente inmune y fuerte para demostrar que en realidad te morías de miedo y eso me hacía sentirme asustado también. Yo no sabía a qué le temías, pero el profundo sentir del inminente final acercándose era incierto. Me pregunto si aún recuerdas esos besos, si sentiste el primero como un final y el segundo como la partida hacia esa carretera rocosa infernal hacia lenguas de fuego, las mismas que yacían enroscadas a los brazos de nuestro pequeño amor desde hacía tiempo, aunque nunca se sintiera así.
      También me preguntaba constantemente tu nombre entonces, pero ya no; porque sé que tú siempre serás tú y nadie más.

      No supe nunca si fuiste tú el que se puso aquel mote de ratón, ni por qué, pero quizás fuera porque estabas asustado y vagabas sin saber a dónde o te gustaba esconderte, o quizás el hecho de sentirte solo o incluso fuera sólo un capricho, quién sabe. Sólo sé que no pude sacarte de mi cabeza desde aquel día de mi cumpleaños, en Septiembre, cuando aquel curioso huracán tocó tierra. Recuerdo haber escuchado tu voz menuda con mucha claridad, también evoco a veces tu mano abarcando mi cuello sin ninguna delicadeza y la sensación plena de mi corazón gemir en mi pecho con pesadez.

      Amor, ¿Qué era el amor? Puede que nunca lo supiese o quizás sabía que era todo el tiempo, no estoy seguro pero supongo que amor es eso que utilizas de escusa para englobar todos los millones de cosas que te hace sentir alguien. Si no me equivoco, estoy seguro de que en ese caso te amo como nunca jamás he amado a nadie antes y aunque ahora este sentimiento agujeree mi pecho, sé que una vez estuvo bien amarte, pero ya no lo sé; porque aún si este amor aún achicharra mis entrañas, no tengo idea de si está bien sentirlo.

      Creo que soñé, lloré y me arrepentí muchas veces por su culpa antes de decidirme a escribir esto, pero hoy estoy aquí para que sepas algo, algo que probablemente ya sepas y deseo que evoques. ¿Recuerdas cuando estábamos refugiados al borde de un mundo real y otro inventado? En ese sótano que guardaba millones de libros. Yo recuerdo el momento de una de esas innumerables noches en la que con voz teatral, como sólo tú sabías poner, sostuviste un libro entre tus manos y me leíste Hamlet por primera vez, o la primera vez que vi volar tus dedos sobre ese finito teclado de piezas marfiles blancas y negras, creando unas melodía y unas danzas hermosas, o las cenas que hacías, que pese a no ser generosas, eran un manjar. Incluso las cosas más simples, como el trecho del mercado al sótano, caminando en silencio con el frío invierno calando nuestros huesos y la mullida nieve bajo los pies.

      O cuando huías de mis palabras cuando yo trataba de acercarme y saber más de ti, incluso cuando te veía luego de tomar un baño, cuando te soltabas el pelo y de tu cuerpo emanaba hacia el techo el vapor. Tengo también algunos malos recuerdos, sin duda... Pero ni por asomo tienen ni la mitad del peso de los buenos, así que aún si está ahí, no se siente como tal.

      Así que me despido, espero que te lleguen mis palabras y que este humilde deseo se lo lleve el viento.

      Te estaré esperando, toda la vida si es necesario.
      Con amor, Shion.
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/Entre estas paredes\

    • Despertó viendo su silueta en el espejo. No era ese tipo de despertar de levantarse de una larga siesta o de dormitar, no... Había abierto sus ojos y despertado, estaba ensoñado con aquella imagen que le miraba expectante, como si allí se estuviera dando el más importante y raro hecho del mundo, en ese mismo instante.

      Levantó un poco la vista, se sentía algo fatigado, miró hacia el techo. Hacía tiempo que no ingería comida alguna y aquel reflejo lo sabía muy bien, estaba casi huesudo, los dedos que antes solían ser rechonchos y rosados ahora eran pálidos y muy delgados. Su cara también había cambiado, en lugar de aquella sonrisa optimista de siempre, estaba una extraña mueca indescriptible. Quizás mirando a sus ojos podría saberse qué pensaba o cómo se sentía pero sus verdes, siempre alzados ahora estaban decaídos y a penas podía mirarse en aquel lugar tan oscuro. El pelo, rubio cenizo desde siempre, ahora parecía más castaño que dorado... Era como si se hubiera convertido en otra persona, él no se hacía caso de lo que aquel reflejo quería decirle.

      Gritos, lágrimas. Despierta.

      Abrió los ojos con más fuerza al tiempo que una lágrima corría por su mejilla, aún se atormentaba por el hecho de haberlo perdido, aún se culpaba por haberle hecho todo lo que al principio había soñado hacer cada noche mientras se mantenía preso bajo su cautela.

      Estaba un poco perdido. Ya saben, esa sensación de ver por ti mismo que todo lo que temías y esperabas que llegase en un futuro muy, muy lejano se había presentado e ido al instante sin solo dejar una nota. Aún recordaba su cara, no lucía miedosa, pero lágrimas parecían acumularse tras los cristalinos que nunca se cerraron por si mismos. Le echaba un poco de menos, por eso recordaba terriblemente su rostro, aquellos ojos abiertos y mirada amable. Aquella sonrisa que se borraba por si misma.

      - Es como si al cielo nocturno en una ciudad iluminada, le quitaras las únicas estrellas que brillan. Estaría solo. -Escuchó a su lado. Reconoció aquel tono superior y listillo y volvió la cabeza al instante, pero allí no había nada, estaba un poco agitado y sentía como el corazón le bombeaba con grata fuerza.

      Sus hombros se sentían pesados. Antes él solía llevar una vida normal, salía a cumplir con su papel de empleado asalariado, iba a comer con sus amigos... Quería muchísimo a su esposa e hijo. Pero ahora, su mirada se mantenía fija en aquel cristal, que le devolvía el gesto con desprecio.

      ¿Hacía cuánto que se había convertido en aquello? No lo sabía, había perdido la cuenta de los años que llevaba dentro de aquel lugar sin otra tarea más que complacer y admirar a escondidas a la persona que ahora se yacía tirada en el suelo con su gesto sonriente y mirada perdida. Comenzaba a desprender un olor repulsivo, pero no le importaba permanecer allí mientras estuviese a su lado.

      Una vez leyó en un libro en el que un tarado secuestraba a un niño, como se sucedían las estaciones, noches y días y el pequeño se iba volviendo cada vez más atraído por aquel hombre maldito. Era llamado Síndrome de Estocolmo, creía. En aquel entonces, su reacción de parecerle horrible y antinatural aquello había sido de lo más común, pero ahora él el que estaba en aquella situación.

      Le echaba un poco de menos... Añoraba sentir sus manos recorriendo con crudeza su cuerpo desnudo. Sentirle profundizar su interior sin la más mínima piedad. Estaba un poco confuso y ya no sabía si sentir aquello estaba bien o mal. Cerró los ojos y sus rodillas automáticamente golpearon el suelo.

      Las pastillas que encontró en el botiquín de detrás del espejo del cuarto de baño superior estaban haciendo su efecto.

      - ¿Oigan? -Golpeó alguien la puerta. Escuchó como seguían gritando desde fuera, eran demasiado ruidosos. - ¡Abran la puerta! -Escuchó de nuevo, aunque ya no muy bien, seguido de un golpe que sí pudo detectar. Alguien corrió deprisa hacia sus pies, pareció resbalarse un poco, al abrir un poco los ojos vio la cara de horror de aquel hombre. Llevaba puesta una gorra de policía, con cuadros blancos y negros. No distinguía muy bien su rostro, pero un gran mostacho negro tapaba parte de su labio y nariz.

      Alguien más se colocó a su lado, escuchó el sonido de las pisadas por todo el cuarto. Aquel hombre del gran bigote y él no estaban solos, concluyó.

      -Oh dios mío... -Murmuró alguien horrorizado. - ¿Cómo alguien así ha podido hacer semejante cosa? - Quería saber si se trataba de él, por lo que decían aquellas cosas. Es cierto que su condición física no era la más óptima y que tal vez le faltaban músculos, pero no había nadie más en aquel lugar así que se sintió algo ofendido.

      Gruñó, ya no sentía las fuerzas, pero no fue escuchado. En cambio el hombre del gran bigote negro se quitó de su alrededor y pudo contemplar borrosamente como iba junto a otro que apuntaba algo sobre una libreta.

      - Ese hombre que está ahora tirado en el suelo fue secuestrado hace cuatro años, su esposa era gran amiga de la mía. Lo buscamos muchísimo tiempo, pero ni huella... Parece mentira que esto sea posible. -Escuchó un largo suspiro, pero la misma voz grave y ronca sonó de nuevo, llenando el lugar con sus palabras. - Su ropa está llena de sangre, o lo que queda de ella... A simple vista parece un crimen pasional, la víctima del secuestro aún respira. - Parecía ser que aquel que decía conocerle era el mandamás del lugar, los pasos se aceleraban cada vez que esa grave voz hablaba. - Tómale una muestra biológica a la víctima para el tanatólogo. Oh, y también llama a un ambulancia. -Concluyó y pareció que el ambiente tenso de la sala se hacía más soportable, dejaban su propia vida a algo casi sin importancia, pero ya no le importaba demasiado continuar viviendo.

      Alguien le sujetó la cabeza una vez más. Sonrió con lo que le quedaba y abrió los ojos. -Buenas noches, Tim. -Aquella voz calurosa de siempre, sintió como unos labios le besaban sin permiso la frente.

      - Buenas noches, John. -Respiró y su vista terminó por deshacerse. Se sentía desfallecer, tenía mucho sueño, cerró los ojos de nuevo.

      - Es como si al cielo nocturno de una ciudad iluminada por focos, le quitaras las únicas estrellas que brillasen. Estaría solo. -Murmuró el moreno acariciando sus hombros. El fuerte olor a tabaco mentolado se azotaba contra su nariz.

      - Pero yo no voy a irme nunca -Murmuró una vocecilla, al tiempo que echaba la cabeza hacia detrás y se posaba sobre quién lo sujetaba.

      - Lo sé. - Murmuró la voz y después de aquello, las manos gentiles se volvieron toscas y le envolvió una vez más en uno de aquellos besos que tanto le habían terminado por gustar.
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Difuso.


    • - ¿Somos novios?- Susurró, cuestionando lo que ya hacia tiempo que venía planteándose y ladeando muy levemente la cabeza hacia un lado, esperó una respuesta.

      - Podemos ser lo que tu quieras. Puedes ser... -Empezó a enumerar con tono suave el chico de gafas con montura negra.- Mi amante. Mi juguete. Mi esclavo. Mi sirvienta. Mi profesor de matemáticas. Mi masajista. Mi cantante de rock favorito. Mi nana. Mi mascota. Mi mejor amigo por siempre... -Le miró con una sonrisa soñadora.- Pero eso no cambiará lo muy enamorado de ti, que estoy en este momento.

      - Creo que me quedo con dos de ellas, no creo poder dividirme en tantas partes para ser todo eso y... Las matemáticas se me dan de pena. - Rió, aferrándose a aquel sentimiento.
      El de gafas rectangulares se sonrojó como en los viejos tiempos, cuando le sintió tan cerca. Y viendo que su familia se había alejado más rápido que ellos, perdiéndose en el estacionamiento, se atrevió a girarse un poco hasta tomarlo de la cintura. Lo miró de frente y le llenó la cara de besos mientras lo atraía más y más, hasta que luego. Coloradísimo, prefirió separarse y asentir. Había estado emocionado. Lo había levantado del suelo para tener control en esas mejillas que había cubierto de caricias.

      Llovía, le encantaba la lluvia y todo era...un sueño. Demasiado largo y entrañable.
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Tu ed io.

    • - Yo he estado enamorado.
      - ¿Ah sí? ¿Y qué se siente?
      - Algunos dicen que sientes como el suelo desaparece debajo de ti, pero para mí, fue como si de repente,
      supiera que el suelo estaba ahí, podía sentir todo el planeta bajo la suela de mis zapatos.
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La historia del Príncipe.

    • -Lo siento.
      -No me interesan tus disculpas.
      -¡Lo siento!
      -Puedes ahorrártelas.
      Era de noche, Lily llevaba puesta una bata, estaba de pie con los brazos cruzados frente al retrato de la Señora Gorda, junto a la entrada de la torre de Gryffindor.
      -Si he salido es porque Mary me ha dicho que amenazabas con quedarte a dormir aquí.
      -Es verdad. Pensaba hacerlo. No quería llamarte sangre sucia pero se...
      -¿Se te escapó? - No había una pizca de compasión en la voz de la chica. -Es demasiado tarde. Llevo años justificando tu actitud. Mis amigos no entienden siquiera que te dirija la palabra. Tú y tus valiosísimos amigos mortífagos... ¿Lo ves? ¡Ni siquiera lo niegas! ¡Ni siquiera niegas que es a eso a lo que todos aspiráis a ser! Estáis deseando uniros a Quien-tú-sabes, ¿Verdad? - Snape abrió la boca, pero volvió a cerrarla-. No puedo seguir fingiendo. Tú has elegido tu camino y yo he elegido el mío.
      -No... Espera, yo no quería...
      -¿No querías llamarme sangre sucia? Pero si llamas así a todos los que son como yo, Severus. ¿Dónde está la diferencia?
      Snape no encontraba palabras, y ella, con una mirada de desprecio, se dio la vuelta y se metió por el hueco del retrato...
      Entonces el pasillo se disolvió, y la escena volvió a deformarse.
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Feliz 4 de Julio.


    • Así que ¿Cuánto tiempo hace ya?
      Oh sí, si mi memoria no me falla hace 234 años que te apartaste de mi lado para ser considerado un igual.
      Y también hacen 481 años en los que mi corazón no ha dejado de latir por ti un solo día.
      ¿Son muchos años? 
      Siempre estuvimos destinados a encontrarnos, a que por esas llanuras en las que el viento susurraba, se escapasen nuestras almas y pensamientos. ¿Me mentiste alguna vez? Claro que lo hiciste, cuando eras pequeño, claro. Muchas veces solías decir que permaneceríamos juntos hasta siempre, aún si estábamos seguros desde el primer día que seríamos separados cruelmente. 
      Ahora estás de pie junto a mí en una foto, ambos con algunos años menos y una amplia sonrisa y no puedo evitar que por mi mente rueden los recuerdos y por mis mejillas las lágrimas.
      ¿Piensas en mí ahora mismo?
      Porque deberás estarlo pasando realmente bien sin mí en tu glamourosa fiesta repleta de países a los que consideras tus amigos. Claro que también me invitaste, te gusta pavonearte y aún sin saberlo, hacer lucir todo realmente cruel.
      No puedo parar de mirar ese pequeño cuadro de plata muy fina, aquel que siempre guardo boca abajo sobre la mesilla y aquel que me arrepiento de levantar siempre.
      Luces genial, realmente nunca has dejado de lucirlo.
      ¿Cómo podría decirte yo eso a la cara?
      No es algo que me pegase decir y a ti escuchar.
      Hace mucho tiempo que llevo arrastrando la tradición de quedarme en casa completamente deprimido y bebiendo el día en el que la persona más importante para mí en el mundo cumple años.
      ¿Patético?
      ¿Qué si te digo que en mi mente aún las gotas de lluvia impactando sobre el pavimento resuenan en mi cabeza?

      Arthur Kirkland.
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Donde el corazón te lleve.

    • Hace dos meses que te fuiste y desde hace dos meses, salvo una postal en la que me comunicabas que todavía estabas viva, no he tenido noticias tuyas. Esta mañana, en el jardín me detuve largo rato ante tu rosa. Aunque estamos en pleno otoño, resalta con su color púrpura, solitaria y arrogante, sobre el resto de la vegetación ya apagada. ¿Te acuerdas de cuando la plantamos? Tenías diez años y hacía poco que habías leído El Principito. Te lo había regalado como tu regalo de notas. Esa historia te había encantado. Entre todos los personajes, tus predilectos eran la rosa y el zorro; en cambio no te gustaban el baobab, la serpiente, el aviador, ni todos esos hombres vacíos y presumidos que viajaban sentados en sus minúsculos planetas. Así que, una mañana mientras desayunábamos, dijiste: "Quiero una rosa". Ante mi objeción de que ya teníamos muchas, contestaste: "Quiero una que sea solamente mía, quiero cuidarla, hacer que se vuelva grande". Naturalmente, además de la rosa también querías un zorro. Con la astucia de los niños, habías presentado el primer deseo accesible y después el casi imposible.

      ¿Cómo podía negarte un zorro después de haberte concedido la rosa? Sobre este extremo discutimos largamente y por último, nos pusimos de acuerdo sobre un perro.
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El encanto de la muerte




    • La oscuridad no molestaba a Kenth.
      Se pasó la mayor parte de su vida en la oscuridad y, lo que es más importante, infinidad de vidas en el más allá.

      Una vida… bah. 
      Los de sangre caliente se mueven en lapsos muy escasos.

      Kenth apenas podía recordar sus primeros años en las Islas de la Sombra, contando con diligencia los días que pasaban, luego los meses, luego los años. Cuando las paredes interiores de su cueva no fueron más que una tormenta de líneas torcidas, dejó de llevar la cuenta. Contar los días de la muerte era tan absurdo como contar las respiraciones en la vida. Se preguntó, brevemente, cuántas vidas habría contado… Pero no era más que otro ejercicio inútil.

      El canto de los grillos penetró en sus pensamientos. Era el tipo de sonido que, lentamente, te aparta de toda meditación y que, si te concentras en él, se convierte en una locura; más vidas a las que les va llegando la hora, buscando un propósito, como llamas bailando alrededor del carbón.

      El olor de la tierra húmeda lo recibió como a un viejo amigo, expandiéndose a su alrededor. Kenth evaluó el entorno.

      Estaba de pie, entre hileras de lápidas que se extendían en todas direcciones, sin fin visible. El aire estaba cargado de una intensa calma, tal y como caracterizaba a los lugares que unían la vida y la muerte. Era una cualidad que impregnaba cada centímetro de las Islas de la Sombra, aunque la vida hacía tiempo que había abandonado sus costas. En alguna ocasión, Kenth había pensado que esos jardines de muerte fresca eran como grumos atragantados en la garganta de la existencia, un lugar incómodo en el que se contemplaba el cruce.

      Ahora, simplemente se preguntaba por qué había un cadáver allí.

      El cuerpo estaba tirado en un carro, junto a una nueva tumba aún sin nombre. Los cadáveres no le molestaban, más bien al contrario. La perspectiva de acomodar almas a través de los muchos escalones de la muerte era una de las pocas emociones de las que podía disfrutar un enterrador de las Islas de la Sombra. Pero destacaba el hecho de que los cuerpos muertos rara vez se presentaban ellos mismos para su funeral.

      Hubo una época en la que Kenth se hubiese cuestionado esto, en la que hubiese intentado identificar el cadáver, hablar con la familia, asegurarse del nombre y otras cuestiones pertinentes que se grababan en la lápida. Ahora, simplemente, metió la pala en la tierra, feliz de haber acabado con los fantasmas de la curiosidad.

      Con cada palada, Kenth notaba cómo florecía en él un sentimiento de remordimiento. En cierto modo, estaba bajo su encantamiento. Las emociones eran el licor de los vivos. Cuando uno cumple su tercer o cuarto siglo como no muerto, el recuerdo de las emociones es ya tan borroso que uno se pregunta por qué debería molestarse en recordarlas. Es aquí donde tiene lugar la desconexión entre los de sangre caliente y los no muertos. Un enterrador tiene un programa que seguir y los sangre caliente están absurdamente vinculados a sus vidas, incluso a pesar de las décadas de preparación para lo inevitable. Es, a fin y al cabo, lo inevitable.

      Kenth había intentado llegar a un acuerdo una o dos veces, enterrar a gente viva para que pudiesen saborear sus preciosas vidas hasta el último momento; pero el resultado era un dolor de cabeza el doble de grande y nadie apreciaba nunca sus esfuerzos.

      Para cuando hubo cavado el agujero, la mente de Kenth se sumió en una sombría ilusión. Por razones que no podía comprender, este entierro significaba algo. Al mismo tiempo, deseó que durase para siempre y que se acabase lo antes posible.

      La última opción parecía la más práctica. Empujó el cuerpo al hoyo, sin ceremonias, y luego bajó para doblarle los brazos y colocarlo de una manera más o menos digna. Había algo extrañamente familiar en el cadáver. De todas las caras que había enterrado, de aquella infinidad de caras, que a estas alturas ya le parecían todas iguales… ¿Por qué esta parecía diferente?

      Salió del hoyo y lo miró por última vez. Llevaba siglos sin hacerse preguntas sobre la vida de uno de sus cadáveres, pero no podía evitar las sensación de trabajo incompleto que emanaba de este. Justo cuando se estaba preparando para echarle la tierra encima a la tumba, resbaló. La pala cayó en el hoyo.

      Kenth no había soltado su pala… nunca. Asustado, saltó a por ella, pero resbaló de nuevo. La tierra que había amontonado junto a la tumba empezó a caer sola, una avalancha no provocada. Kenth intentó frenéticamente retenerla, pero la tierra pasaba a su alrededor sin problemas. Miró hacia abajo y, por fin, lo comprendió.

      La pala descansaba sobre el cadáver, sujeta bajo sus brazos cruzados. La cara, esa cara que debería haber reconocido, era la suya propia. Era la cara de la inocencia, la esperanza y la tristeza. Era una cara al principio de su viaje, convencida de haber visto el final.

      Y Kenth ni siquiera pudo reconocerla.

      La tierra caía como un torrente, ya había tapado completamente el cuerpo y los últimos restos de la cara iban desapareciendo. Kenth se metió en el hoyo y empezó a sacar la tierra frenéticamente. Ese movimiento le era extraño; estaba completamente perdido sin su pala.

      Cuando el ultimo trozo de tierra se detuvo, Kenth estaba enterrado hasta los hombros. Hasta donde le alcanzaba la memoria, nunca había sentido nada tan intenso, y mucho menos esa tristeza implacable.

      “¿Por qué quieres desaparecer, Kenth?”.

      Miró hacia arriba. Un hombre estaba de pie ante él, con una túnica, algún tipo de mago. La cara estaba oculta.

      “¿Quién eres?”, preguntó Kenth.

      “Trabajo para algunos peces gordos, eso es todo cuanto necesitas saber”.

      “Ahora mismo no me importa. Quiero ese cuerpo”.

      “El cuerpo no es real. Está sacado de tus recuerdos. Un espejismo. Normalmente, estaría de pie aquí, con la cara de alguien que antaño hubieses conocido, pero parece que has olvidado a todo el mundo”.

      Kenth pensó sobre ello. Debía de ser verdad.

      “¿Por qué quieres desaparecer?”, insistió el hombre.

      “Quiero hacer… algo más. Quiero recordar… y ser recordado”. Kenth se sentía como si algo le estuviese moviendo la lengua. Había agua en su cara.

      ¿Qué es esto? ¿Qué está ocurriendo?

      “Podemos ofrecerte esa oportunidad, Kenth, pero necesitamos saber algunas cosas sobre ti”. La voz nunca titubeaba.

      “¿Sobre qué?”.

      “Sobre de dónde vienes”.

      “No lo recuerdo”.

      “No hablo de tu lugar de nacimiento. Me refiero a las Islas de la Sombra”.

      Kenth dejó que las palabras resonasen en el aire.

      “Muy bien”.

      “¿Es agradable desnudar la mente?”

      El hombre había desaparecido antes de que Kenth pudiese contestar. Kenth se sentía muy solo, aunque en algún lugar de su consciencia, estaba emocionado.

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33cl


    • Ya no recuerdo el motivo que me hizo enamorarme de ti. No tengo ni idea y si me pongo a repasar un posible motivo no soy capaz de encontrar algo más que lágrimas. Siempre dijiste que el amor duraba para siempre, quizás otros no pero que el nuestro sí lo haría. Sin embargo, incluso el nuestro llegó a verse afectado por el tiempo. Él fue quién lo carcomió como una polilla alimentándose de pelusas en un ropero viejo. Él fue quién como fuego, quemó y arrasó con todos aquellos sentimientos.


      Desgastado, ahora está desgastado. Aún somos capaces de mirarnos, de sonreírnos e incluso con toda la falsedad del mundo, decirnos que nos queremos. Pero no es más que una burda parodia de nosotros, que ya no somos los mismos.

      Parecía ayer cuando te conocí. Fuiste mi amigo y para serte sincero no hubo nunca más que aquello. Quizás en algún punto la amistad se disfrazó de amor y entonces fue cuando como un odioso niño con un precioso juguete nuevo, nos besamos y fuimos novios. Éramos felices, o quizás eso era lo que queríamos aparentar ante los ojos del mundo.

      Vivimos escondidos, como ratas. Teníamos miedo, miedo de que alguien nos descubriera, miedo a no poder estar nunca más juntos. Pero con el tiempo, aquel miedo se convirtió en morbo o quizás fue el comienzo de desgaste de una pieza rota en nuestra increíble relación. Éramos tontos, jóvenes. Y a nuestro corazón le dio la tentación de enamorarse.

      Después llegó la primera mentira piadosa, la más inocente de todas. La que más duele al ser descubierta. Debo admitir que jamás desconfié de ti, quizás tú tampoco de mi y aquello fue nuestro mayor error. Habían dudas, dudas pequeñas, cuestiones que soportan no ser resueltas, pero con el tiempo fueron preguntas, preguntas dolorosas, respuestas hirientes que se clavaban en lo hondo.

      Soportamos aquello. Nos queríamos, podíamos perdonarnos una vez tras otra. Lo resolvíamos todo con un beso, un manoseo; Tu mano que recorría mi espalda, mis labios y mi lengua que buscaban los tuyos y ser enroscada, aquel movimiento exasperante de nuestros cuerpos desnudos, desesperados por resolver algo que ya no tenía solución.

      Éramos amigos. Lo éramos en un principio y ante los ojos del mundo no fuimos nada más. A ti aquel hecho te dolía y yo que era consciente no hacía nada por resolverlo. Quizás nunca me di cuenta de cuánto te quería. Pero ya sabes lo que dicen.

      Ahora todo aquel amor, todo aquel rencor y el dolor profundo que penetraba como una bala de acero en el corazón. Toda la bola enorme de sentimientos que tragábamos una vez tras otra, después de cada una de las discusiones que manteníamos. Todo aquello, ya... No es nada. Se ha juntado todo, con aquello hemos hecho un muro de recuerdos y sentires y con todo el pesar y cansancio del mundo, hemos decidido romperlo.

      No siento nada. Incluso ahora si alguien me preguntase si te continúo queriendo, no sabría que decir. No contestaría con un no rotundo, puede que lo hubiera hecho tiempo atrás pero ahora ya no. Tampoco diría que sí, pues no me veo capaz de poner en mi boca más palabras que no son ciertas.

      Nada, es eso lo que siento. Siento por ti tan poco, que acallaría rotundamente mis labios rosas si alguien preguntara por ti. Por primera vez, siento que sería la última y única vez que nos corresponderíamos en algo.

      Incluso la más flamante llama se apaga.
      Noah.
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¿Sabes?


    • Recién me he dado cuenta que yo jamás seré capaz ni mucho menos de causar en ti ni una mísera sensación de las que él te provocó. Aún me pregunto por qué recuerdas hasta una cosa tan tonta de la que no puedes deshacerte y de lo último que me dijiste al recordarle.

      Curioso, ¿Verdad? He sido tan tonto.
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