Notas en una agenda.




    • 13/03/2013

      La primavera llega azotándose como la mano, 
      la que coge la flor y a su vez espera.
      Primavera, nerviosa nos devuelve
      flores de loto y semillas durmientes.
      Primavera, como amante risueña devuelve,
      lo que otoño robó en uno de sus dejes.

      04/03/2013

      Que tras levantarme me observas como nunca antes lo has hecho. Echándome en cara haberte dejado sola demasiado tiempo, cuando para mí no hubo lapsos sino copas mal bebidas en una noche de encuentros. Sin embargo y pese a mis disculpas sé que no existe un "lo siento". Son cosas que hago sola, ni siquiera me percato de ello y te quejas y yo tuerzo la boca hacia dentro porque sé que hablar no sirve de nada y dejo el hueco entre tus siseos para hacerme un poco que he muerto.

      Es cierto lo que dices o quizás no del todo, quién sabe ya eso. No dejo de repetirme que para ti, tu esperanza en mí ha muerto. Y quiero tantas cosas... Oh dios, quiero besarte la boca, decirte una vez más que lo siento. Si tan sólo, si únicamente supieses cuantísimo te quiero. Mi corazón, que por ti siente, ahora se halla sin anhelo.

      28/02/2013

      Lo quiere así de firme, como el mundo, danzando sobre sus dedos. Describiendo con pasión, el color de sus besos, queriendo hasta agotar el deseo.
      Soñando dejas de esbozar con los dedos palabras que danzan como gélidos inviernos. Tú, que gimes como si se te fueran esos sentimientos, que lloras y recriminas mis besos.

      22/02/2013

      Estaba oscuro y tal como se cernió la mañana sobre las casas blancas, tú sobrevolaste el alba.

      19/02/2013

      Despierta, vida mía. Despiértate encontrando bajo el hechizo de tus verdes ojos una ciudad bajo tus pies rendida. Despereza tus brazos como si quisieras abrazar el cielo y bosteza, bosteza y grítale a todas esas personas son ahora tan como antes éramos tú y yo, que se conviertan en gigantes.

      19/02/2013

      Dulce estupor del mar,
      ruego por que no me causes más lágrimas a mi pesar.
      Ruego por que concentres en mí tu amar y que a la mañana,
      cuando no podamos aguantarlo más,
      te cueles entre mis blancas sábanas y te dejes abrazar.

      15/02/2013

      Las sonrisas ya no eran más que eso, sino que con delicadeza; como la caída del rocío sobre la hierba, como cuando sobre mi hombro tú te quedabas dormida, así y no de otra manera, acababas con los grandes años de amor. 

      Porque no nuestro, sino de otros, serán las historias, los besos y los bailes sin ritmo ante la mirada de los gramófonos rotos.

      02/01/2013

      ¿Tienes miedo de dormir? No... no, tengo miedo de soñar. Tengo miedo de despertarme -de tener que vivir-, de recordarte, de quererte hacer feliz cuando tú ya no quieras y/o no estés. Tengo miedo de decepcionarte, de no ser capaz de cumplir tus expectativas, tengo pavor de tus numerosas, hirientes pero adorables mentiras, de tus "te quieros" que suenan falsos y ocupan el hueco de los silencios, de tus ojos que descubren en mí, sentimientos que aún tengo.
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Cajas.


    • Algún día creo que empezaré a guardar las cosas que ya no necesito recordar en alguna caja, como hago con los tickets, con las cañitas de todos los bares a los que voy, con los pines que tomé prestados para siempre, los bolis gastados que me dedico a morder en clase. Bueno, con esas cosas. Y que, con el tiempo, me iré olvidando de que existo y posiblemente también a todas esas cosas que ya estaban en la caja mucho antes de que canse y cuando necesite relajarme un poco, les de por comerse entre ellas; lo que me proporcionará más y más tiempo para dedicarme a mis particulares vacaciones mentales. Ya todo me dará igual porque ya nada será lo de antes.

      Pero algún día en que me dará por pensar fríamente como a veces me da, me arrepentiré de que algún día me dio por ir dejando parte de mí en una caja. Al abrirla, me daré cuenta de que lo poco que queda y ya no me parecerá tan memorable, ni tan especial, ni tan nada. Y todo por vaciarme un poco. Un poco más que por completo.

      ¿Merecerá entonces la pena sentirme tan desnudo solamente por un olvido de tantos que he llegado a sentenciar ya? 

      Dime, porque sé que después de todo el tiempo, de aquella vez que partí y tú que me estabas viendo no pensaste en hacer nada para detener mis pasos, sólo observabas con descuido mis zapatos carcomidos, con lástima porque ya me había ido. Alfred, pienso que si aquel día yo no hubiese tirado aquel arma al suelo, si tan sólo me hubiese mantenido apuntándote decidido, con la lluvia cayendo para fingir olvido, aún estarías dependiente de estas manos mías arrugadas, de una nación vieja. 

      Eres un país ahora, quizás escucharas mis lamentos mientras me alejaba por un mundo que no era capaz de decir nada. Pero es tarde ya, ¿no?
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La canción de su vida

    • Entonces sonaron un par de notas... tan suaves como el aire de la primavera en la mañana, y tan hermosas como el espectro de la luz blanca. Sentiste la triste canción que cantaba aquel hombre hasta el fondo del corazón y de tus ojos manó el sentimiento desesperado de estar sin estar, de amar sin ser amado y el despertar a una realidad no idílica, distópica, que se asomaba a tus deseos en una lágrima de sal. Tus ojos se apagaron un momento y... Silencio... Sólo hubo silencio por espacio de un tiempo, en el que tus ojos se fueron a otro mundo, otro universo aún más real que este en que estás viviendo; te perdiste en el silencio y... al despertar, el hombre te habló y te dijo el nombre de la canción, la canción de tu vida.
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Utopía


    • De cada día un sueño que termina,
      el silencio de respuestas que terminan en sonrisas
      que desprecias.
      De cada llanto un sueño que termina,
      en brasas de dolor intenso,
      en almas desaparecidas
      e infortunio eterno.
      De todo sueño un sueño que termina,
      un espacio vacío de mentes intelectuales
      que superan la pasión,
      que controlan al gigante al que llamo corazón.

      Pero el sueño sigue
      y es mejor desaparecer en la augusta noche de la soledad,
      en medio del campo de los sueños sin cumplir,
      a la mirada de los felices que,
      en abundancia,
      se burlan de nefastos personajes que corren en la noche,
      noche de sal, noche de frío de un verano inaccesible,
      en el que no queda más que llorar.
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Fin de la inspiración


    • ¿Sabes?, en esa época escribíamos impulsados por el temor de que descubrieran lo que significaba aquello que expresaban nuestras palabras, no por dinero o fama, lo hacíamos por ese impulso secreto y atractivo que tiene el misterio, lo prohibido... Nadie debía saber lo que sentíamos y nuestra lucha era por llegar a los que se sintieran como nosotros, pasando desapercibidos. En aquel entonces escribíamos por necesidad, no por placer.


      Es una lástima que de repente todo se acabe, ella volvió, tras tanto tiempo en el extranjero y con ella los besos y las caricias, las noches alocadas, los bares caros y los tragos baratos de una barra libre en la mitad de la noche. Las conversaciones perdieron su significado y... bueno, ya no tuve que pensar en escribir, no lo necesitaba. Tristemente fue la época más feliz de mi vida, aunque también la más deprimente: no podía hilar una miserable frase porque vivía a plenitud, pero eso me causaba descontento. A lo sumo hice un par de sonetos que han de estar en algún lugar de su cuarto.


      Recuerdo bien que no eran así las cosas cuando se fue. En aquel entonces estábamos aún soñando, jurándonos lealtad eterna y amor romántico, leyendo versos de Goethe y Benedetti; ella era Laura y yo Santomé. No importaba nada, todo era hermoso, hasta la distancia, que se mostraba como una prueba del destino para lo que sería un amor de novela. Nos dolía saber que nos alejábamos. Su mirada triste me conmovía hasta las lágrimas. Pero habríamos de salir avantes y era lo más importante.


      Allá iba Laura, la que admiraba mi simple coraje de quererla...


      Cada noche, abríamos el chat para contarnos las historias cotidianas y las estúpidas observaciones que teníamos durante el día, jugábamos a armar juegos de palabras con lo que el otro decía y también nos enviábamos fotos de alguna reunión, de alguien nuevo en la familia, de lo que pasaba y de lo que no... siempre jugando a mostrar una sonrisa disfrazada de las palabras más hermosas de nuestros diccionarios... o eso creía...


      Cada noche iba a dormir dejándole un poema, una carta, un cuento, un par de palabras que salían de lo más profundo de mi corazón-cerebro para hacerla feliz. Pero la distancia empezaba a matarme, extrañaba sus besos, su mirada brillante, su mano sobre mi cabello. No era lo mismo sentir el viento si no estaba a mi lado.


      Intenté comentarlo con mis padres, pero decían que al sentirme así actuaba con egoísmo, que debía dejar que las cosas corrieran por su cauce natural y que lo mejor era que esperara; reprochaban mi actitud, despreciaban mi soledad. Entonces empecé a escribir, no sólo a escribirte, sino a hacerlo para mí, para calmar mi necesidad: para desahogarme y lograr algo de tranquilidad. Para poder dormir sin ti.


      Veía que cada cosa que escribía era bella y lo empecé a mostrar. Mis amigos me alentaban a crear más, sentía que las palabras salían como si una voz me las dictara. Aparecían como imágenes, o como susurros en mi oído derecho; mis manos se deslizaban solas por el teclado y era yo el instrumento de alguna divina voluntad, de la que salían cuentos, poesías, escenas o frases ligeramente ingeniosas. De repente no importaba nada más... por eso comencé a mostrarme.


      Aunque la seguía extrañando, había hallado alegría en mi soledad. Había hecho de mi tristeza un remedio eficaz, una forma de vida, una artimaña contra la soledad, contra la desdicha de saber que pasaría tiempo antes de volvernos a encontrar. Publicaron algunas de mis cosas en revistas de estudiantes, en periódicos culturales y en un par de publicaciones especializadas, las personas empezaban a reconocerme...


      Luego ella volvió. Nos vimos en el aeropuerto. Había tanta gente que apenas vi lo cambiada que estaba: llevaba un peinado nuevo. Tras una semana de silencio me escribió, me invitó a verle. Nos encontramos en un bar. Había cambiado tanto que apenas recordaba cómo era; me costaba pensar que era la misma persona que se había despedido llorando, jurando que jamás me dejaría de amar...


      Terminamos, dijo que la relación a distancia había sido un completo fracaso, que había conocido a otros, que quería explorar y explorarse, conocer sus límites, tener nuevas experiencias, pero que jamás me iba a olvidar (claro que no lo dijo con esas palabras, como muchas, ocultó su verdad y dejó lo nuestro diciendo que seguiríamos siendo amigos, que si necesitaba algo no dudara en avisar...). A esto siguió un nuevo período de melancolía, nostalgia y soledad. Era tal mi tristeza que quería dejar de soñar, dejé de vivir por un tiempo, me alejé de la ciudad y comencé a divagar. Cada noche me sentaba en la escalera de la casa a pensar en lo que había hecho mal y de cada reproche una historia empezaba a estructurar. Así fue como llegué a escribir todos los días, sin parar. Había noches en que pasaba en vela, días en que no comía, en que dejaba de trabajar por exorcizar todo el dolor que sentía. Fueron historias que perdurarán.


      Después de un tiempo volvimos, aún no sé cómo y a veces me pregunto el por qué. Evidentemente no fue lo que yo esperaba. Todavía soñaba con esas tardes saliendo a pasear, con las películas en casa y con las cartas bajo la puerta contándonos los sueños. Pero para ella no había más que fiestas, comidas caras y desabridas, y un sexo tan malo que dejaba sin ganas de más. Se notaba que ya no existía un ambiente propicio entre los dos. No hubo más poesía para ella, ni palabras dulces...


      Mi mediocre felicidad fue el desencadenante de la más profunda depresión en que había estado sumido a lo largo de tanto tiempo: dejé de escribir y moría por ello. Luego de volver a terminar, intenté regresar a ese inicio, a tomarla de inspiración para mis personajes, a sacar de mí todo lo peor para hacer lo mejor de mi escritura, pero no funcionó, era como si con ella se hubiese ido todo el deseo o la inspiración. Como si no hubiese algo para contar... Cabe añadir que, tras todo ese tiempo, logré darme a conocer entre algunas personas, sabían lo que escribía y les gustaba; incluso a mis padres les terminó por agradar. Así que tampoco tenía algo para ocultar.

      Tras estos acontecimiento mi prosa decayó, empecé a vagar buscando el aroma prohibido de la inspiración; que pensé encontrar en mi miseria y buscándola dejé atrás todo lo que me rodeaba. Pensando en que me veía influido por los autores que leía dejé de leer, creyendo encontrar en la naturaleza las palabras para describir y describirme... grave error.

      Después me encontraron, pero estoy seguro de que los busqué y me dejaron acá, en medio de estos jardines con gente que grita y que sabe más de la vida que yo. Trato de aprender de lo que escucho. Lo único malo son tantos antidepresivos y esas pastillas recubiertas de plástico duro y con líquido por dentro, ácido valproico, que por su tamaño se hacen difíciles de tragar...


      ¿Sabes?, cuando no sufro del dolor en el estómago, o el causado por el estreñimiento, temblor en las manos o una forzada y anestesiada indiferencia frente a todo, completamente racional, trato de volverme a encontrar, quizás así logre escribir, una vez más.
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Última carta de amor.

    • Te dejo ir no porque no te quiero, sino porque te quiero lo suficiente. Conté muchos días y doblé todas sus noches, en pensarte y recordarte y extrañarte y querer olvidarte, en iglesias y albercas y billares y tequila. Hubo una historia completa entre los espacios que nos sobraban de vida, donde el inicio fue muy corto y el final fue muy amargo, y el acabar de cada capítulo me dejó siempre sin aliento. Al terminar te quiero como te quise cuando empezó todo, y te regalo cada suspiro y cada lágrima y cada sonrisa y cada latido y cada abrazo y cada mañana de esperar tu llegada. Te dejo ir porque hay alguien más que te espera, y puedes llevarte todo lo que me diste para dárselo a ella. Yo estaré bien, yo aprenderé a soltarte persona a persona en cuyos ojos quiera encontrarme con los tuyos. Y habrá un día en que ya no te estaré sujetando en ninguno de mis pasos, y me bastará haber vivido sólo y todo lo que me tocó vivir contigo. Te dejo ir para que te vaya muy bien sin mí, porque algún día volveremos a encontrarnos y te quiero encontrar feliz.
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Retrato de un amor a primera vista.



    • Bajo la funcionalidad absurda de la desesperación y el orden del desorden que nos une. Bajo las estrellas brillantes y nocturnas, palpitantes que el cielo omnisciente detiene. Sobre tu mirada, sobre las sonrisas y los gestos. Sin ceder ante el posible encuentro que seguramente no se de; nos olvidamos.

      Inclino la mirada y dejo de observarte y pese a todo aún soy capaz de recordar aquel día como si fuera ayer, el vago e irreconocible anhelo de aquella sensación que causaste en mí. Te conocí en un día frío y nuboso, el cielo de aquella ciudad rezumaba soledad, ya que por aquel entonces aún no conocía el relato de nuestro próximo amor, se bañaba con el sentir agrio de ver pasar el tiempo siempre con el mismo color perlado y marchito. Quizá porque te conocí un día frío y nuboso fue que me enamoré de la sonrisa torcida y triste que se desdibujaba de a poco en tu rostro. De esos labios fruncidos, secos y de apariencia melocotonera, de aquellas cejas arrugadas, finas y tan oscuras como el resto de tu cabello enmarañado. De aquellos ojos diamantinos, bicolores y hermosos, que llamaban espectacularmente la atención con aquel brillo de un recuerdo de alguien que aún todavía no había dejado de soñar, pero que se hallaba desencantado del propio encanto de esto. Orbes pequeños y entrecerrados y pese a todo vivaces y atentos, cubiertos cuidadosamente por una mata de pelo curvado de un color tan opaco como la más oscura de las tinieblas. El vago recuerdo de cómo debía verse tu cara entonces, hace que algo dentro de mí se revuelva. Mas sin embargo, soy capaz de recoger pedazo a pedazo aquel mismo temple que tú, con orgullo de capa caída, llevabas entre tus manos con el miedo a ser olvidado. Robusta y siniestra apariencia, de tez semejante a la nieve recién caída, fría y pálida como un muerto.  Amor, ¿Qué era el amor para un niño que a la edad de doce años se hacía esa pregunta? Puede que nunca lo supiese o quizás sabía lo que era todo el tiempo, pero estoy seguro que en tus huesudas manos de largos dedos y uñas mordisqueadas, pude encontrar una respuesta. Mi madre siempre repitió una vez tras otra que no se ha de mirar la edad de una persona, pues aquel sentimiento palpitante que ahora me ahogaba el pecho, no se hallaba en esa parte de una existencia como la tuya o la mía. Por eso fue que me enamoré a primera vista, de aquella vida vana.

      Con petulante elegancia te colaste entre las rendijas de mi vida. Pude saber para entonces que eras orgulloso como un ejército de Geishas, cuales paseaban sus infinitas caderas con aquellos zancos de madera de bambú con tal gracia imposible para un simple mortal. Honorable, sin embargo y fiel a tus principios de hacer siempre lo que el corazón te dictase hacer. Aún hoy en día y pese a sentir en mi difícil corazón de enervado sentimiento que he de olvidarte como si jamás hubieras sido nada más que una visión y producto del afán de amar que le corría demasiada prisa a un niño como yo era entonces, te evoco, y puedo susurrar tranquilo esta noche oscura y solitaria mi retrato de mi amor a primera vista. 
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Niña gitana.


    • ¿Dónde ibas, tan cargada de ti misma? Que en las noches más intensas, apareciste frente a mis ojos, con encanto y un manto blanco sobre los hombros. Misteriosa muda traicionera, que en noches como esta te escapaste de mi cariño inexorable. Muchacha agraciada, ¿Qué llevas en aquella cesta de armiño? Porque estoy casi segura de que no podría ser tu niño. Pero... ¡Ay, chiquilla! Que me traes engañá, entre el casi y el segura, pude escuchar. Si me mintiera ahí mismo, no podría aclarar pero con certeza, yo te puedo asegurar; ahí se escucha una niña con la voz hipá, rezumando desde infinita tristeza un cántico tratando de simular, las viejas nanas gitanas que tu abuela te sabía susurrar.

      ¿Cómo pensar que has sido tú? Ay, mi niña gitana, si a mis ojos no eras nadie más, una de tantas. Te me meces como el viento, con la cara resguardá. Tapá con un pañuelo viejo repleto de agujeros, te vendes al olvido. Como viejo amigo, miras sus ojos cansados y te ciernes a la nada. Caes, perezosa niña gitana, caes y rompes tus alas.

       ¿Cómo saber que eras tú, la que no sabía agitar las alas? Ahora ya rotas, lamento no haber hecho nada. Niña, la cesta de armiño se rompe y se quiebra, pero tranquila, la niña ya no simula siesta y ya puedes respirar, que se te escapa dentro de la sombra de lo que alguna vez tú supiste dar. Ahora ya no se escuchan lágrimas derramar y el llanto de cuna ya no vuelve a sonar jamás.

      Dime, niña gitana, ¿A caso podremos vernos de nuevo mañana? Ten cuidado con las riendas, no tropieces y no caigas.

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Deletreando.


    • Gateando hasta rastrear los huesos que dejaste perdidos, inundados de amargura y fríos, me siento y dejo en claro que intento olvidar la amargura que me recorre, que ya no es tanto el sentirme vivo, como el hecho de estar vacío. Te me apareces a tientas y me agarras, dejas en mi toda tu vida, tus notas y las estrofas. Me quieres, me odias. Trazas una fina línea que me marca cuales son mis límites, pero no la obedezco. Nos encontramos cara a cara, me miras y te miro pero en la tuya no hallo nada más que unos ojos que brillan vacíos y a la vez llenos de cosas que jamás supe interpretar y que nunca sabré entender. Te me abres por el costado y me enseñas las entrañas que tan llenas de cosas tienes, pero no sé distinguir nada, sólo se ver sangre  y el gesto en tu cara que me anima a seguir observando, a continuar con aquella hazaña bárbara mientras tú misma, ante mi ansiosa mirada, te rompes el alma.

      Y me duele, bueno o aunque sea me dolía hacía tiempo todo lo que a ti te dañaba, pero creo que mentiría si te dijese que todavía sufro de la misma manera, que todavía disfruto viéndote hacerte daño a ti misma, porque hace tiempo dejé de observarte como una bombilla de luz para un mosquito extraviado. Ahora probablemente seas otro tipo de faro, uno más brillante y sin duda, increíblemente lejano.

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El tiempo.

    • Mientras nos despeñamos nos tomamos de las manos una última vez. No hay nada que decir, tu mirada me embarga y puedo descifrar y creer en lo que tú crees. Es cierto lo que me dices con los ojos, comprendo el brillo y las lágrimas ausentes que no quieren darse a conocer. Lo entiendo, lo sé.
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Insomnio.

    • Ayer, igual que hoy y como viene pasándome desde hace dos años, tengo mucho sueño; pero no puedo dormir. Me he levantado temprano sin pegar ojo en toda la noche y me he sentado en el sofá rojo de cuero desgastado de siempre. He mirado tres horas fijamente hacia el techo y finalmente, cuando ha sonado la alarma me he levantado, duchado y hecho un té de cebada y orégano.

      Hoy, como viene pasándome desde hace dos años, tengo insomnio.

      Cuando tienes insomnio la vida pasa a  tu lado como una desconocida vestida de blanco, los días se suceden sin que te des cuenta, olvidas las cosas que pasan a tu alrededor y te cuesta mucho concentrarte, además de tener la mayor parte del tiempo, un humor de perros.

      Sin embargo no me siento cansado.

      Me levanté y me miré al espejo después de quitarme un pijama de rayas y lleno de agujeros. Había perdido mucho peso en los últimos años.
       Debí tener la mirada mucho tiempo ocupada en el reflejo, porque cuando me di cuenta de que seguía ahí parado y sin hacer nada, sentí un dolor en el estómago que se mudó a algún lugar de mi pecho. 


      Yo recordaba muchas cosas en noches como aquellas, que sin duda eran largas y se postraban despiadadas para mí. Tratando de ocupar mi mente con algo, sólo recordaba. Me venían a la cabeza muchos momentos y muchas personas. Los lugares que había visitado y lo mal que me sentía respecto al mundo. Había veces que recordaba un poco de ella también y aunque era difícil; pues a penas ya podía recordar su cara, aún provocaba en mí la misma sensación que cuando la conocí, debió haberme causado.

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Contigo.

    • Tómame la mano y movámonos juntos. Emprendamos viaje hacia un mundo que desconozcamos y pongámoles un nombre. ¡Sonriamos! Hagámonos viejos y recordemos momentos pasados al lado de nosotros mismos. Abracémonos y dejemos pasar el tiempo, tomémonos de la mano sentados en un banco. Y luego, cuando el tiempo de estar contigo y tú conmigo haya pasado, muramos juntos, abrazados mientras aún nos amamos.
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El canto de las cigarras.

    • Descansó la vista en algunas amapolas que yacían desperdigadas por el camino de vuelta a casa. Había sido un día largo y había tardado en llegar la noche lo suficiente, pues el verano había arribado con notables ganas de quedarse. Tenía los ojos desperdigados en el paisaje que se sucedía al ritmo de sus pedales, despacio o rápido, lento o precipitado. Admiraba como no cambiaba ni un ápice a su paso. Escuchaba con no demasiada atención el ruido de los grillos y las cigarras entre los arbustos a ambos lados del camino. Hacía un calor infernal.

      ¡Era verano! Después de todo, tocaba aquello, y sin duda había llegado tan rápido y siendo tan esperado que le había parecido que nunca había sido invierno. Es extraño, porque aquel año habían habido muchas lluvias y temporales, pero se sentía como si no fuera capaz de recordarlo. Echó un poco vista atrás y se observó a si mismo anhelando el invierno de vuelta. Aunque, su estación favorita, para ser francos era el otoño. Le había parecido siempre, pese a opiniones contrariadas, una estación maravillosa y también increíblemente hermosa.

      Le gustaba pasar por su patio a ver las rosaledas y los árboles caducas quedarse desnudos y agitarse bajo el manto del invierno que entraba de puntillas; como el ligue de una noche que sale de tu cama y te deja desnudo nada más sale el día, y tú, te quedas dormido. Para ser sinceros, él era un hombre de pocas palabras, pero le encantaba observar las cosas. Jamás se arrepentiría de quedarse callado sin dirigir palabra a nadie por ser capaz de observar tan bien cosas maravillosas. Tampoco le echaría para atrás la consciencia de ser aquel motivo de no tener demasiados amigos. Así que, pedaleaba con la fuerza que le daba su cuerpo. No hacía mucho que se había empezado a dedicar a ello y quizá había tardado mucho en hacerlo, para ponerse justo en aquella estación, con toda la calor y justo cuando el Sol está más algo. Tampoco estaba en forma, no lo suficiente y se cansaba con mucha frecuencia.

      Norman cerró los ojos y paró el vehículo de dos ruedas con sus pies, haciendo ruido y llevándose piedrecillas por delante, hasta que se quedó completamente sin ningún movimiento aparente. Se levantó del sillín, tumbó la bicicleta en el suelo y tomó una larga y tranquila calada de oxígeno. A veces, uno debía disfrutar del placer que provocaba estar solo.
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Noche de tormenta.


    • ¿Recuerdas cuando te metías en mi cama a causa de las pesadillas?

      Siempre decías que era sobre lo mismo.

      Caías.

      Pero decías que no era como si fueras a caer sobre algo, sólo caías. Yo no lo entendía, pero tú temblabas como una hoja. Era la sensación de hundirte en miseria por perderlo todo. A mí, a padre y a madre. Cada vez que tenías esas pesadillas estabas a punto de llorar.

      Así que te dejaba dormir conmigo, bajo la luz de la luna, sosteniendo mi mano.

      Tus ojos estaban muy abiertos y brillantes, casi como si buscasen algo. Creo que jamás había visto tanto miendo en mi vida. Pero sonreía para hacer que te sintieras mejor y te decía: "Si notas que estás cayendo, despiértate, voy a estar aquí, siempre estaré aquí, hermano."

      Y siempre caías derecho a dormir.

      Ahora, soy yo quien tiene pesadillas. No sobre caerme.

      Sino dejándote ir.
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Alzando vuelo.


    • Levanto mi maza contra el mundo, la maza de castigo y decepción. Ejerzo como una fuerza que absorve, dejo fluir mis pensamientos e ideales a través de ella. Someto, aplasto y detesto. Dejo sobre los hombros de más hombres lo que los míos no quieren gozar de llevar.

      Mato, asesino y no me compadezco de mí y mis recuerdos, después.
      Sonrío y salgo a la calle, miro a mi esposa y le vuelvo a sonreír. Ella es una buena mujer, una mujer que jamás se atrevería desobedecer mi palabra y que en cambio, hace lo posible por llevarla más lejos. Jamás me cansaré de pensar que es una buena mujer. Sabe planchar los calcetines de maravilla y también hace un guiso de calamar riquísimo, me da lo que le pido.

      Sin embargo, ¡Pobres idiotas! Aquellos tontos que no se dejan doblegar por mi reinado, aquellos a los que nada le es suficiente e intentan salir a la calle, gritar y deneterlo. Jamás supe cómo ha de sentirse estar en lo alto, pese a intentarlo de buena gana tantas veces. Ahora lo sé.

      Tengo las manos manchadas de sangre, las gotas fluidas y líquidas han manchado mi rostro y ropa también, pero sigo como siempre. Algunos dicen prepotencia y llenan sus bocas de palabras burdas que no entienden. Pero aún así, levanto mi maza de poder y orgullo sobre el mundo.
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Una persona que no sabía bailar.


    • Echó ambas manos sobre su cabeza, mientras un poco amargado y sentado sobre el sofá de una casa que no era la suya; escuchaba la melodía que sonaba de fondo. Era una canción bonita, aunque él no era un experto crítico en el mundillo musical era consciente de lo que podía gustarle a un oído y lo que podía resultarle súbitamente atonal. Era una balada Adagio a piano, tocada con tanto sentimiento que sentía que las lágrimas escapaban sin lugar a donde ir mejillas abajo.

      Miró al reproductor en el que no paraba de sonar aquella melodía y sintió impaciencia y desazón.

      Cuando supo que ya sus ojos no servirían más de contenedor para las lágrimas que querían salir, se levantó y fue a abrazarle. Fruto de sus lágrimas nació el dolor con el que sus brazos envolvieron al moreno amigo y amante desde hacía rato. - Te amo. - Murmuró, con la voz amarga y quebrada; siendo retenida y apagada por la ropa del otro, que también le abrazó.

      - No seas tonto. - Escuchó.
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Partes de otro conjunto.

    • Bajo la funcionalidad absurda de la desesperación y el orden del desorden que nos une. Bajo las estrellas brillantes y nocturnas, palpitantes que el cielo omnisciente detiene. Sobre tu mirada, sobre las sonrisas y los gestos. Sin ceder ante el posible encuentro que posiblemente no se de; nos olvidamos.

      Agacho la mirada y dejo de observarte. Hace dos años que nos conocemos y hace tan poco que podemos lucirnos de hacerlo, que me mata. Sueño que dejo de dormir y te veo, aunque en la realidad apartaría el gesto y dejaría de hacerlo; pero en mi sueño me miras, clavas tus pupilas en las mís y me preguntas cosas con los ojos, cosas que no entiendo y me aterro de la posibilidad del hecho de que quizás debiera saberlo.

      Entonces despierto, ya no son dos años simples y curiosos de encuentros, ha pasado casi una decena de ellos y aún en tu mirada busco y hallo cosas indescriptibles. Me encuentro algo perdido y no puedo preguntar por dónde debiera salir, qué debiera hacer para liberarme o si realmente estoy retenido en este sitio.

      A veces yo también me pregunto muchas de las cosas que probablemente tú te preguntes. ¿Qué soy? ¿Qué eres para mí? ¿Qué somos? Y si ese es el caso, si lograse hallar respuesta para las dos primeras preguntas; ¿Podría decirse que somos? Porque si no fuera así e hiciera tiempo que dejamos de serlo, no hay motivo por el que ahora, al abrir los ojos, te vea tumbado con gesto sereno sobre mi almohada.

      Así que ahí me encuentro. En una especie de repetición de situaciones incómodas y momentos de infarto. Fijando como blanco de mi mira a tus castaños.
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Desde martes, con jaqueca.

    • Hasta lo que hubiera pensado cualquiera, incluso en aquel lugar tan inhóspito dentro de su cabeza, era que aquella suya, había sido una hazaña sin igual. Se había alzado el peto empolvado y había mirado con grandeza a todo su alrededor. Caerse era una de las virtudes de la vida y para alguien que trabajaba en el negocio de la ingeniería aerotécnica del arte de arreglar tejados, era algo casi común.

      Se acicaló un poco con las manos llenas de grasa, la cintura del pantalón; y aunque la manchó, la dejó en su lugar y algo menos llena de polvo que hace casi nada, un rato muy pequeño. Miró con ímpetu a la escalera que no ayudaba nunca en nada e inconscientemente le echó la culpa por ser tan mala compañera. "¡Oh, no no no! Eso no se hace, vieja amiga. ¿Pero qué digo? ¡Amiga tú! Con amigos como estos, para qué querer enemigos..."

      Casi mantenía una pelea con la pobre vieja y desdentada escalera y hubiera continuado, oh sí... Lo hubiera hecho encantado, incluso le hubiera alzado la mano a no ser que no hubiera llegado aquel hombre tan apuesto, con una pajarita enroscada en el cuello blanco de su camisa y una mirada casi de fábula. "¿Pero qué hace?" Escuchó y al pobre hombre de peto desarreglado casi le pareció que se le paraba el mundo y daba un vuelo. "¿Que no ve?" Dejó caer, como si todo el mundo peleara normalmente con escaleras y desaliñadas caídas tontas y antes de que pudiera proseguir, aquel hombre de camisa pulcra y gafas con cristal oscuro, comenzó a reír alocadamente.

      El hombre del mono engrasado también dejó escapar una tonta risa de sus labios, casi sin pensarlo y antes de saberlo, se había enamorado. ¡A primera vista! Como en un cuento.
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Ratón Ahogado

    • Y en tus ojos me perdí, porque eran infinitos.

      Como un ratón, estos eran pequeños y agudos y dentro de ellos podía observarse el miedo, corriendo de un lado a otro en el interior de esos ojos y te veía a ti, que parecías realmente inmune y fuerte para demostrar que en realidad te morías de miedo y eso me hacía sentirme asustado también. Yo no sabía a qué le temías, pero el profundo sentir del inminente final acercándose era incierto. Me pregunto si aún recuerdas esos besos, si sentiste el primero como un final y el segundo como la partida hacia esa carretera rocosa infernal hacia lenguas de fuego, las mismas que yacían enroscadas a los brazos de nuestro pequeño amor desde hacía tiempo, aunque nunca se sintiera así.
      También me preguntaba constantemente tu nombre entonces, pero ya no; porque sé que tú siempre serás tú y nadie más.

      No supe nunca si fuiste tú el que se puso aquel mote de ratón, ni por qué, pero quizás fuera porque estabas asustado y vagabas sin saber a dónde o te gustaba esconderte, o quizás el hecho de sentirte solo o incluso fuera sólo un capricho, quién sabe. Sólo sé que no pude sacarte de mi cabeza desde aquel día de mi cumpleaños, en Septiembre, cuando aquel curioso huracán tocó tierra. Recuerdo haber escuchado tu voz menuda con mucha claridad, también evoco a veces tu mano abarcando mi cuello sin ninguna delicadeza y la sensación plena de mi corazón gemir en mi pecho con pesadez.

      Amor, ¿Qué era el amor? Puede que nunca lo supiese o quizás sabía que era todo el tiempo, no estoy seguro pero supongo que amor es eso que utilizas de escusa para englobar todos los millones de cosas que te hace sentir alguien. Si no me equivoco, estoy seguro de que en ese caso te amo como nunca jamás he amado a nadie antes y aunque ahora este sentimiento agujeree mi pecho, sé que una vez estuvo bien amarte, pero ya no lo sé; porque aún si este amor aún achicharra mis entrañas, no tengo idea de si está bien sentirlo.

      Creo que soñé, lloré y me arrepentí muchas veces por su culpa antes de decidirme a escribir esto, pero hoy estoy aquí para que sepas algo, algo que probablemente ya sepas y deseo que evoques. ¿Recuerdas cuando estábamos refugiados al borde de un mundo real y otro inventado? En ese sótano que guardaba millones de libros. Yo recuerdo el momento de una de esas innumerables noches en la que con voz teatral, como sólo tú sabías poner, sostuviste un libro entre tus manos y me leíste Hamlet por primera vez, o la primera vez que vi volar tus dedos sobre ese finito teclado de piezas marfiles blancas y negras, creando unas melodía y unas danzas hermosas, o las cenas que hacías, que pese a no ser generosas, eran un manjar. Incluso las cosas más simples, como el trecho del mercado al sótano, caminando en silencio con el frío invierno calando nuestros huesos y la mullida nieve bajo los pies.

      O cuando huías de mis palabras cuando yo trataba de acercarme y saber más de ti, incluso cuando te veía luego de tomar un baño, cuando te soltabas el pelo y de tu cuerpo emanaba hacia el techo el vapor. Tengo también algunos malos recuerdos, sin duda... Pero ni por asomo tienen ni la mitad del peso de los buenos, así que aún si está ahí, no se siente como tal.

      Así que me despido, espero que te lleguen mis palabras y que este humilde deseo se lo lleve el viento.

      Te estaré esperando, toda la vida si es necesario.
      Con amor, Shion.
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