Corazón mío.

    •  Tal y como me abrazas, a ti me olvido. A tus brazos  y tus labios,  a tu sonrisa destartalada de brillantes dientes con suficiencia situados. A tu sentimiento sincero pues no es que en ti no abarque cuanto querer puedo y no que tus labios se cierren en el primer beso del primogénito encuentro.
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Diminuta.

    • Eres pequeña, formada por muchas cosillas chicas;
      una serie de pequeñas pestañas en torno a tus pequeños ojos.
      Unas pequeñas manos, unas uñas pequeñas con corazón arraigado
      y pese a todo, ni mijilla de alma chica.
      Un grandioso sueño.
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Honestidad.

    • Qué harás, pequeño soldado,
      cuando ya no puedas caminar,
      cuando tus botas ya no se impregnen
      ni de arena ni bondad.
      Me pregunto qué harás pues,
      si tus pies pararán o si por el contrario,
      testarudos y degenerados, comienzan en ti a trazar.
      Una carretera, soldadito, donde ya no existirá ninguna paz.
      Así que dime, hombrecillo,
      qué es que harás cuando ya no puedas caminar.
      A caso, dime, te resignarás a olvidar?
      No lo hagas, corazón mío, no dejes a tu cabeza reinar,
      si eso sucede probablemente no importe más la humanidad.
      Así que descansa, soldado, deja los dedos respirar,
      póstrate sobre la arena y olvídate a la mar.

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Fuego.

    • Una vez me dijeron que el amor es como una llama,
      una inextinguible, fiera llama.

      En ocasiones yo también fui capaz de creérmelo,
      la rocé entre los dedos,
      la amé, aprendí a jugar con fuego.

      Ahora que esa llama se apaga,
      ya achicharrada,
      en el último de sus suspiros aún amo
      y casi ya me muero.
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Liar.

    • Y al final, así como al principio, dejaré de respirar. Flotaré, como lo hace la carne muerta sobre el agua salada y cuando lo haga olvidaré todo el odio, el amor inmerecido y las bonitas palabras basadas en malos actos.
      Sentirme culpable por decidir una vez hace tiempo hacerte mía, es todo cuanto puedo hacer.
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Gnomos Galácticos.

    • Me cogiste de la mano y me llevaste un montón de lejos, era culpa mía y sólo mía el haber confiado en ti ciegamente desde el primero de los principios y eso es algo de lo que pese a lo que nos suceda, no me arrepentiré.

      Éramos personas chiquitillas y solitarias en un  mundo donde los gigantes y las supernovas eran los héroes. "Cazadores de estrellas" como título provisional por encima de nuestras cabezas. Viajeros del espacio, adultos con complejo de enano. Éramos pequeños diminutos maduros con la orden de soportarlo.

      Guerras intergalácticas y zombies atontados habían a montones por todos lados. Nosotros los enfrentábamos porque éramos héroes de tamaño mediano. Pero los gigantones y las voraces estrellas ni siquiera nos hacían caso.
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Tic Tac, Tic Tac.

    • El reloj se detiene ante mi atenta mirada, castigándome por haberle contemplado quizás por demasiado tiempo. Tic tac, sin embargo mi cabeza lo escucha, mi cuerpo lo siente y no lo deja escapar. Tic tac, el reloj desmiente declarándome víctima del tiempo sonar. Tic tac, tic tac.
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Silencio.

    • Tres meses desde mis últimas palabras, tres muertes sin siquiera esperanza. Tres tal cual número de caídas, de espadas, de espinas. Dolor acurrucado entre los dedos que ya no envían fuerza a través de números sin medida. Dolorosa cantidad de silencios.

       He buscado inspiración en canciones con ritmos pausados y acelerados, he encontrado pasión en unos ojos castaños. Aquellos ojos castaños hay veces que me encuentran lejos, más de lo que mis pies por si mismos podrían situarse. Hay veces que me desespero.

      Solía tener miles de notas cibernéticas apuntadas en la memoria de mi teléfono pero una vez ellas se fueron, yo me tomé unas vacaciones demasiado largas. En esta ciudad donde todos son bestias, yo finjo ser el único cordero.

      Probablemente mi vida esté destinada al drama.
      Ya no quiero escribir.
      Qué haré cuando eso también se acabe para siempre.
      ¿Qué?
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Oda a la derrota.


    • Jamás habría pensado que el desenlace del camino fuese junto a ti, tumbados en una cama al borde del fin del mundo. Seguir a partir de este punto sería traicionarte, abandonarte aquí sería desertar las posibilidades románticas que tenía este pequeño amor esperanzado en partir a lo largo de una ciudad demasiado muerta en busca de algo de vida y sólo hallar derrota. Derrota que escapaba despedida por cada uno de los agujeros de bala que provocaban los fascistas en aquellos que no ocupaban los mismos ideales de dominio.

      Nosotros que bajo el yugo de aquella voz aguda sentíamos verdadero miedo. Nosotros que sentíamos el horror de los gritos de aquellos como nosotros que decidían morir con la cabeza alta antes que arrodillados. Nosotros que éramos tontos y jóvenes, yo que intentaba ser un poeta sin versos y tú un hombre de entendimiento.

      Ahora veo tu cadáver ahí, dulcemente reclinado sobre la paja y la piel de vaca disecada que aún huele a podrido. Eduardo, mi Eduardo, mi dulce niño con orgullo de cien hombres, hemos perdido la guerra. Yo he perdido, pero pudiera haber vencido.

      Hoy te he besado, Eduardo. Por vez primera te he besado. Casi olvido mis labios de no usarlos, qué terrible desdicha, ¡estabas tan frío!

      Me muero, Eduardo y siento que te he fallado. Cómo olvidar a Góngora y a Garcilaso cuando lo único que me quedaba para velarte era poesía. La derrota causa olvido, Eduardo y tú has muerto buscando victoria pero yo... yo moriré derrotado.
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